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OMIRA LUGO - ARTISTA POPULAR


“Mi descontento por las injusticias las expresan mis personajes, que soy yo misma”.
Pintora ingenua, nacida en Trujillo, el 15 de Junio de 1939, donde pasó su niñez y adolescencia. De niña confeccionaba sus muñecas de trapo y pelotas de barro forradas con tela para sus compañeros de juegos.
Participó en la formación y organización de corales, tanto en la ciudad de Trujillo como en Betijoque. Conjuntamente con su esposo funda un periódico con el nombre de “Cuatro Vientos”. Don Rafael Argüello con el escritor Pedro Avendaño Rodríguez se encargaban de la editorial, mientras que su esposa realizaba las entrevistas y los dibujos eran realizados por un muchacho del pueblo. El periódico duró ocho meses, ya que por su fuerte contenido de opinión y crítica social, el gobierno de turno en el pueblo les cerró los talleres y les quitó las máquinas.
Omira de Argüello, persona sencilla, espontánea y alegre, con una forma muy particular de ver el mundo y la sociedad que le rodea, tiene sueños en colores de pensamiento críticos y muy personales; los mismos son plasmados en sus pinturas con un nombre y significado propio.
Entre sus obras se destacan “Las Gochas”, en honor a la mujer trujillana: “Arando en la Mar ”, “ La Loca Luz Caraballo”, donde defiende a los enfermos mentales y critica a la sociedad por su maltrato para con ellos: “Cristóbal Colón”, donde se observa la barbarie contra nuestros indígenas y las riquezas extraídas de nuestra nación. En sus obras se observa y así lo afirma, su predilección por el desnudo, de igual forma la sonrisa es otro elemento común , por considerarlo como símbolo de la alegría.


Omira de Argüello, extraordinaria mujer con gran talento y lo más importante, mucho amor por su familia, por el pueblo y sus costumbres, con una sensibilidad humana, merece el mayor respeto y admiración como cultora popular y como persona. (Tiene 64 años).
Ha participado en seis de las Bienales de Arte Popular Salvador Valero, obteniendo importantes reconocimientos. En 1992 fue Premio en Pintura en la Bienal Bárbaro Rivas. El 09 de julio de 2004 fue galardonada con la Orden Salvador Valero creada por la Universidad de Los Andes en el año 2003, para reconocer la trayectoria artística. Hoy en día es una artista cuya obra se revela frente a las injusticias del hombre.




CONTACTO : Betijoque - Edo. Trujillo
tlf. 0271 - 6632605 
Vídeo del Ministerio del Poder Popular para la Cultura - Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio. Producciòn y Conceptualizaciòn: Mercedes Longobardi. Fotografìas: Ivor Lugo. Logistica: Carolina Lorca/ Pedro Torrealba. Asistente de Campo: Peter Querales. Camarògrafo:Ruffo Contreras. Ediciòn: Alexander Oidobro. 

ANTONIO JOSÉ FERNÁNDEZ ,"El hombre del anillo" - ARTISTA POPULAR




EN "FABULADORES DEL COLOR" DE MARIANO DÍAZ, 1988



A. J. Fernández, "El hombre del anillo": la magnífica y atroz bizarría del imaginario trujillano



Para Carlos Yusti y Rafael Rattia, por el dominio del arte
de "tender un extraño puente entre el mundo
de las imágenes y el de los conceptos".
"Ah, qué difícil es separarnos de aquello
que hemos hecho, sea cosa o sueño,
incluso cuando lo hemos destruido con nuestras propias manos".
José Saramago, La Caverna




Entre polvo y herrumbre la calle busca el infinito en medio de las arboledas, el calor y la luz del sol de los araguatos. La casa de paredes desconchadas, puerta de aldaba grande y tranca de algarrobo, pinta de sepia mi memoria.

Un "Ritorna vincitor" —a todo volumen— castigado por una aguja sucia que se arrastra sobre el acetato, impide al único habitante de la casa escuchar mi llamado; cuando por fin lo hace, tengo ante mí a "El Hombre del Anillo".

Desnudo de la cintura para arriba, cara de rasgos faunescos y con el enorme anillo de piedra en el anular de la mano derecha, Antonio José Fernández (1), "El Hombre del Anillo", me preguntó con recelo:
—¿Quién es y qué es lo que desea?
—Buenas tardes, señor Fernández. Soy Josefa Zambrano, he visto su obra y quise venir a conocerlo—, le respondí sin demostrar el temor que me inspiraba.

Respuesta que a lo mejor le gustó porque, mientras limpiaba una silla para ofrecerme asiento, comenzó a contarme: "No me gustan los intrusos ni los averiguadores, ¿sabe? En días pasados vino una periodista de Caracas y tuvo la falta de respeto de preguntarme en qué gastaba los cobres. No le respondí sino que agarré aquel machete, lo rastrillé en el suelo y le dije que no teníamos más nada de qué hablar. Se fue enseguida. Igualmente, todos aquí me tiran piedras en el techo porque me gusta escuchar la opera, Verdi. Usted lo conoce, ¿no? ¡Ah!, pero yo sí tengo que escuchar a juro sus radios y vulgaridades".

Los cuadros terminados están sobre la mesa, mientras los recién pintados se secan alineados en el piso. En el patio enormes formas de cemento esperan por las palabras, las manos y la pintura del demiurgo para transformarse en policromos seres. Bajo un árbol de mamón los gatos reposan, se lamen, juegan, mueven sus colas y lanzan zarpazos; además, son tantos como las gallinas que se ven al fondo tras la malla de alambre.

Mis ojos recorren con avidez todo lo que me va mostrando: "Esas dos esculturas tamaño natural me las encargó doña Anita (2), la dueña de la "Sala Ocre" de Caracas, y a estos cuadros los mandará a buscar doña Sofía (3), la del museo.

"¿Usted las conoce? No me gustan las culebras, por eso tengo los gaticos y las gallinas. Ese que ve allá es muy bonito, pero nació sin cola". Trato de seguirlo, mas sin querer mis ojos se detienen sobre las hojas y cartulinas escritas que tapizan las paredes de la sala.
—Perdone, señor Fernández. ¿Podría leer algunos de los escritos pegados en la pared?
Fue esta pregunta la que en una tarde de 1977 me permitió descubrir los poemas, reflexiones, cuentos y fábulas originales de Antonio José Fernández.
Constatar que él, como ya lo había dicho Juan Calzadilla, "es un caso excepcional no sólo por ser el primer escultor ingenuo, sino también por el dominio con que sabe expresarse en diferentes medios: la madera, el cemento, los colores, la piedra"; materiales a los cuales, a partir de ese momento, podían añadirse el lápiz y el papel.

"En efecto —escribe el crítico Francisco Da Antonio en el prólogo A. J. Fernández,El Hombre del Anillo. Poesía, Reflexiones, Cuentos (4)—, cubriendo los muros de su casa en Carvajal, allá en Valera, ‘los papeles’ de Fernández permanecieron semiolvidados en la penumbra de las viejas paredes, sin que ninguna mano se atreviera a develar el secreto de aquellos signos milagrosamente preservados a lo largo del tiempo que media entre 1970 y nuestros días. Serían la devoción y la persistencia de Josefa Zambrano Espinosa, joven abogada trujillana, quien no sólo se dedicó a transcribir amorosamente el testimonio del pensamiento escrito del artista, sino quien con idéntica pasión, diseñó y puso en marcha el proyecto que ahora culmina con la edición de este trabajo".
"No hubiese sido completo —continúa Da Antonio—, empero, si en mérito de tan importante hallazgo, hubiésemos pasado por alto la significación plástica de Fernández en el ámbito de la expresión ingenua de nuestro país y, en particular, las secuencias que enmarcan su incorporación definitiva a esa historia en cuyo punto de arranque situamos la entrevista que realizara en 1965, entre el bullicio del mercado valerano, el Dr. Carlos Contramaestre a quien debemos no sólo la presencia actuante del Hombre del Anillo, sino también la promoción y consolidación de su firma".







Efectivamente, en 1964 Carlos Contramaestre, su descubridor, lo encuentra en aquel puesto de vendedor de frutas y verduras, y, en medio del alboroto del mercado de Valera y la atención que le dispensaba a los clientes, realiza la famosa entrevista a que se refiere Da Antonio, la cual infelizmente no pudo ser reproducida en elvernissage de su primera exposición en la galería "El Techo de la Ballena" de Caracas, el 14 de noviembre de 1965. En ella Fernández, aunque manifiesta no recordar en ese momento ninguna de sus obras en prosa, reafirma su inclinación por la poesía: "No soy lo que llaman un declamador. Sí, he escrito unos versos que llevan por título ‘El pensamiento humano’, o sea, el pensamiento que me viene a la memoria, muchas veces en la noche y en el día. No tengo hora para la inspiración".
Y a la pregunta de Contramaestre: "¿Tienes impedimento en recitarme uno de tus versos, aunque sean tres cositas para el público que hoy llena esta galería, este gran mercado que podría ser "El Techo de la Ballena?". Respondió: "Voy a recitar unos cortos versos que doy por título (no sé si estoy equivocado) ‘Llanto y lamento’: Los llantos y lamentos no despiertan a los muertos/ de su eterno y profundo sueño, / porque todo en este mundo/ no es más que la fantasía y el engaño/ en que vivimos los seres humanos".

Mucho antes, el 25 de julio de 1958, el diario "El Nacional" de Caracas, publicó: "Un escultor ingenuo, autodidacta e intuitivo descubren en Valera. Es vendedor ambulante, aplica inyecciones, escribe poesías y ahora se le ocurrió modelar estatuas en cemento". En esa crónica se decía que, según Antonio José Fernández, sus esculturas y poemas eran "obras del capricho" porque se había inspirado "en una ocurrencia que vino a su mente una tarde crepuscular".

Ha pasado mucho tiempo desde que se editó parte del "importante hallazgo" de que habla Da Antonio. Sin embargo, aún en 1998 Juan Calzadilla en su ensayoBiografía en breve de un artista verdadero (5), hace referencia a los "extensos poemas que mantiene inéditos" en su casa de Carvajal, estado Trujillo, este artista galardonado en 1997 con el Premio Nacional de Arte Popular "Aquiles Nazoa", y cuya obra, además de haber sido expuesta en las más importantes galerías y museos de Caracas, ha sido objeto de puja en la "Sala Mendoza" —la pionera de las subastas venezolanas— y de gancho en la de la galería de arte "Odalys".

Pero mayor cantidad de años ha transcurrido desde el aciago día en que estuvo a punto de ser entregado a la policía por haber realizado su primera escultura: "Mi primera escultura —cuenta El Hombre del Anillo— fue un muñeco de barro que hice a los quince años. El muñeco tenía una cara larguirucha como la mía. Un señor que era hacendado en Juan Díaz, llamado don Salomón, me quiso llevar a la policía porque, según la gente, había quedado muy parecido a él. Quizá no lo hizo por consideración a mi padre que trabajaba en su hacienda como albañil".
Del infausto momento cuando, acorralado y enloquecido por las rechiflas de sus vecinos vendedores del mercado valerano, destruyó a martillazos toda su obra plástica para no continuar viéndola convertida en el hazmerreír de sus paisanos.

Del humillante rechazo que recibió de los profesores del liceo de Valera, quienes, por ignorancia y falta de sensibilidad, no sólo se negaron a aceptar la bondadosa donación de una de sus esculturas sino que se burlaron de él y su obra, diciéndole: "¿Cómo se le ocurrió hacer una cosa así tan fea? Usted, está loco si cree que vamos a exponer en el liceo ese adefesio". Palabras y risas que le obligaron a tomar las decisiones de destruir nuevamente su obra, de no volver a esculpir y de retomar su puesto de vendedor de frutas y verduras en el mercado.
Afortunadamente para el arte, Fernández contó con el apoyo y el estímulo que siempre le brindó Salvador Valero, el otro gran pintor trujillano.

Valero, el "Último Imaginero" según Contramaestre, le aconsejó que nunca debía hacerle caso a los que despreciaban su obra; por el contrario, debía dejar "que la bestia ruja" y, desde luego, esperar por su descubridor. De ahí que le escribiera (6):

(...) Paso a decirle que me mueve hacerle esta carta con el fin de recordarle lo que hace tiempo le dije sobre sus trabajos de pintura y escultura que ud. en mala hora ha destruido y aun intenta destruir guiado unicamente por el desaliento que ha cundido en su animo por causa del desprecio que unos pocos espiritus ciegos han hecho de sus obras (...) Le aseguro que esos con todo su barbarismo no pueden penetrar en lo hondo de nuestros espíritus para arrancar lo poco que ellos contengan de eso que para nosotros es algo de divino encantamiento que sale a la luz física como un mensaje de formas y colores venido del más allá y de lo sutil".
"De modo que mi apreciado amigo Fernández la digo a ud. y le repito esta misma sugerencia aprovechando la agradable noticia que he tenido o que me ha llegado de que nuestro buen amigo el doctor Contramaestre en buena hora lo ha descubierto a ud. al tener esta tan grata noticia he supuesto que su animo en su apocamiento y desastroso decaimiento en que lo dejo postrado el desprecio que hizo de sus obras un minúsculo numero de espiritu velado hoy debe estar reaccionando. alentado y fortalecido ante la presencia de ese arqueologo espiritual para su bien a desenterrado sus obras".
"En tiempos pasados le aconsejé yo para que no se dejara guiar por el desanimo y desaliento que el dia llegaria en que sus obras serian apreciadas por personas poseidas de sensibles y claros espíritus, de modo que mi amigo Fernández hoy que piso ud ese primer escalón procure subir otro y otro. suba con sus piedras. con sus tablas. con sus cartones y con sus lienzos y desde lo alto no volverá a ver a quienes lo despreciaron en su obra".








Ascenso que, como un reto, comenzó a partir de 1968, según lo testimonia Contramaestre: "Inmediatamente de su exposición caraqueña aparecieron tres letras rojas en su casa: AJF. Iniciales que significaban un reto abierto a la mediocridad, una toma de conciencia en un medio hostil, la viva respiración de un hombre que estaba medio muerto. Ahora A. J. F. era el Hombre del Anillo. No era más el verdulero. Con la venta de frutas en el mercado de Valera se había echado muchas cuentas encima, prefirió abandonar su antiguo oficio.

Porque ya la escultura era su camino definitivo, no era una forma más de emplear los ratos de ocio, tampoco era una forma de provocar o incitar un diálogo inútil con el público local; como cuando ensayó llevando al mercado local un trabajo suyo ‘un trabajo fúnebre, un ángel’, para que lo vieran. Ahora se sentía valorado plenamente, poco importaban las burlas, los desaires. Sabía que una batalla había comenzado, le animaba un solo deseo: avanzar. Una nueva energía se había apoderado de él".

Energía creadora, infatigable, que le ha permitido develar los arcanos de la palabra, la madera, el cemento, el óleo industrial, la cabilla, al tiempo que continúa, como también dijo Contramaestre, "cultivando las virtudes curativas de la Flor de Paraíso, protegido por su descomunal talismán".

Dos años después, en 1970, comienza a escribir esos "pensamientos que le vienen a la memoria" y a empapelar metódicamente con ellos las paredes de su casa. Puede hacerlo gracias al éxito de sus dos primeras exposiciones, las cuales le permitieron abandonar su puesto de vendedor en el mercado de Valera y dedicarse exclusivamente a la escultura y la pintura; por lo tanto, ya no tiene necesidad de usar "los papeles, aunque estuvieran escritos," para envolver las verduras que llevarían los clientes a las cocinas de sus hogares.

Son estos mismos "papeles" los que transcribí —guardando la ortografía y sintaxis originales— y ordené, de acuerdo a su tema y forma de expresión literaria, en poemas, reflexiones, fábulas y cuentos, de los cuales seleccioné e incluyo aquí a título ilustrativo in extenso o en fragmentos.

POESÍA

La poesía está presente en todos y cada uno de sus actos, pues en Fernández la soledad cotidiana compartida con sus gatos y gallinas se trasforma en la soledad generadora de una obra, tanto plástica como literaria, que no es otra cosa sino, como dice García Montero, "dos soledades juntas y una manera noble de contarnos la vida".

Vida de la cual, con espontaneidad y belleza, trata de develar sus más entrañables misterios; de aprehender todo el vigor que le es posible, para así, imprimir al universo creado por él el soplo mágico, onírico, delirante de su hacer y decir.

Signada por un estilo absolutamente ajeno a las academias, la creación de Fernández es un pensar y un sentir que se imponen a las circunstancias y al medio, pues, "forzosamente autodidacta —como lo expresa Calzadilla— crea por impulso, y su gran memoria visual le permite suplir sus carencias técnicas con una gran dosis de encanto y fantasía".

De ahí que su fuerza esté en su absoluta libertad de creación, en su visión interior colmada de imágenes y colores, en la posibilidad de expresar sus sentimientos y puntos de vista; pero sobre todo, en ese "no ponerse a salvo de sufrir la inacabable persecución" de que habla María Zambrano.

Así, en un texto escrito el 5 de marzo de 1978 dice: 

"No temo a la Hoscuridád porque de ella vengo y para ella buelbo; y nuestras ydeás probienen de la Hoscuridád (...) Y el Motor de la vida está dentro de esa Hoscuridád por eso Llo no la desprecio porque seria temer de si mismo".

¿Acaso no se está en presencia de t o a p e i r o n de que habla Anaximandro? ¿Es que acaso no todo proviene y retorna al innombrable ilimitado, origen y fin de todas las cosas? Fondo tenebroso que todo lo contiene e iguala en lo más recóndito de su infinitud. Oscuridad que evoca a las sombras abisales del caos, de la nada, pero que, gracias a su aliento de hacedor, trasforma en luz e imagen, en verbo que nombra y crea, pues, en definitiva, el apeiron de Anaximandro no es otra cosa que lo "sagrado a revelar", como bien lo expresa, una vez más, María Zambrano.
En otro texto de fecha desconocida, íntimamente relacionado y titulado "La Fuente Seca", escribe: "O de aquella fuente que un tiempo existió pero hoy de esa fuente sólo queda tristeza y nostalgias al verla con esos profundos y misteriosos pozos secos; como pareciendo más bien sepulturas, que al ser humano causa amarguras(...) y ya esa fuente no puede dar agua al viajero ardiente, ya no oimos su sonido; porque sólo olvidada ha quedado y asi la vemos seca misteriosa como una fosa de un camposanto y hoy nos dá espanto de ver sus profundos vacios".

Fernández logra asociar nuevamente a los contrarios: vida y muerte, alegría y tristeza, ardor y frescura, humedad y sequía.

Para un hombre que "cultiva las propiedades curativas de la Flor de Paraíso" y que ha hecho suyos los poderes apotropaicos de una piedra de río transformada en anillo, no pueden ser extrañas las virtudes de la fuente que, junto al Díctamo Real, nace y se esconde en las montañas, esperando por aquellos que anhelan saciar en ella su humana y ardiente sed de juventud y sapiencia. Mas para nuestro infortunio, la fuente de la vida, al igual que la planta, ha perdido su mágico poder y se ha transformado en pozo Airón de donde nada fluye, salvo silencio, vacío y muerte.

Igualmente, en un largo poema también de fecha desconocida y titulado "Noche De Tormento", Fernández se pregunta: ¿Es acaso esta noche tan tormentosa y angustiosa, como acaso es la fosa hoscura?

Angustia existencial que recurrentemente le induce a asociar la oscuridad con la muerte, pues la Noche, como él lo ha intuido, es hija del Caos y madre del Cielo y la Tierra, y por lo tanto viene a ser la generadora y recipiente no solo de sus incertidumbres sino también de sus delirios y dolores:

 "¡Oh ruidos extraños, / no atormentes más mis vidas. / Oh, noche de tormento y lamento/ no me perturbes más aunque esté despierto,/ dejadme ya mi cuerpo quieto/ no me atormentes más mi herida/ dejad quieta ya mi vida,/ cesad ya tu cruel tempestad, / tened de mi piedad (...)" ; de sus ensoñaciones: "Ay, noche tempestuosa,/ no seáis tan odiosa/ no agites tanto las olas del mar,/ déjame mirar del jardín/ las bellas flores/ y contemplar de ellas sus colores. Dejad que las lindas mariposas/ -tan hermosas- / se acerquen a mi lado, / aunque yo solo sea un árbol talado (...)"; de sus temores: "Dejad que mis ojos sean de la tarde sus despojos, / ya no causes en mi tanta amargura/ no seas tan hoscura. / Quitad de mí tu manto/ lleno de espanto, / y tan hoscuro, /Pareces el muro fuerte del cataclismo/ que quiere convertir todo en lodo (...)" 

y, desde luego, de las traiciones de que ha sido víctima: "y luego despertar y recordar con mi ilusión, /a aquella infielque para mí fue la hiel por su traición".

Este poema es fundamental para descifrar la atormentada temática de su obra plástica, vinculada reiteradamente con la figura de la mujer, los celajes y sombras, el fuego, las mariposas y el bullicio.
La mujer, uno de sus temas favoritos, no siempre ha sido la imagen de alegre colorido que aparece en el retablo "Luz en el camino" (1980) o en las humildes campesinas vendedoras de flores, frutas y gallinas de sus esculturas de esa misma época, sino que por el contrario, "el tema de la mujer, como expresa Da Antonio, aparece como una constante, como el centro de gravedad de su creativa.

En Fernández deviene frecuentemente en obsesión prohibida (...)".

Otro tema estrechamente relacionado con el anterior es el de las mariposas.

Aunque objeto de sus ensoñaciones, para él las mariposas son el símbolo de la veleidad; de la belleza y alegría fugaces que se consumen en la llama. Así, "en el desarrollo del ‘Tríptico de las Mariposas’ (1969) —expresa Da Antonio—, el proceso parece conducir de lo referencial en el ‘Jardín de las Mariposas’ y aún, si se quiere, en ‘Mariposas de un Recuerdo’, a las tensiones de lo expresivo en "Sombras de Tormenta". Este último panel podría insertarse en el ámbito de una obra que Fernández ni tan siquiera conoce, la pintura de Willem de Kooning".

REFLEXIONES

Dentro de sus Reflexiones existe un texto titulado "Sombras del olvido", en el cual expone y analiza la condición indeseable en que se encuentran muchos ciudadanos tanto dentro de su comunidad como fuera de ella. Situación inaceptable por ser Venezuela un país con una altísima renta petrolera, pero agobiado por la ignorancia y la pobreza que, gracias a la incapacidad, negligencia y corrupción de los gobernantes, padecen sus pobladores.

Fernández, el artista que ha soportado el desprecio y la incomprensión de la comunidad donde le ha tocado vivir y crear, es el mismo hombre que observa, analiza y con sensibilidad social, en fecha 15 de diciembre de 1975 escribe:

"Deambulan por las calles de nuestra patria muchos seres humanos que andan a la voluntad del Señor, esperando que una mano generosa les dé un mendrugo de pan o una limosna para saciar su necesidad.
Muchos de éstos seres están olvidados de sus familias, los cuales a veces son pudientes pero por pretensiones se olvidan de ellos, que nacieron con defectos físicos ó mentales.Otros es porque son gente de pocos recursos económicos y no pueden ver de ese ser que deambula por la calle solicitando una limosna.Otros porque no tienen trabajo, no consiguen dónde ganarse el sustento del día y por último, los que por ciertas circunstancias o por sinvergüenzas se tiran al abandono por decepciones recibidas y se entregan al vicio, y hoy en día ya están alcohólicos.Muchos seres que deambulan por las calles de nuestra patria, presentan malos espectáculos ante el público, sus carnes, sus úlceras, su miseria física y moral, así los vi yo en los alrededores del Mercado Municipal de la Roma Trujillana, ya. que dicen que Valera es la Ciudad de las 7 Colinas, así dicho Mercado parece más un Manicomio que un Mercado.Estos seres no tienen la culpa y como ellos hay miles que andan por las calles de nuestra Patria, esperando la ayuda asistencial, pero para que esto suceda habrá que ofrecerle una promesa a la Virgen de los Milagros, y eso que nuestro país es uno de esos en los cuales se habla a cada rato a través de los medios de comunicación (por Radio, los periódicos), de los millones de millones para asistencia social, miles de millones para educación.

Yo pregunto ¿qué se harán esos millones? pues muchas personas van al Hospital a buscar asistencia y no los atienden y sí es nuestros niños, muchos no estudian porque en las escuelas no hay cupo, porque sus padres están sin trabajo y no tienen para saciarles el hambre, mucho menos para comprar los útiles escolares.


Pero en nuestro país se gastan miles de millones en hacer conferencias y en hacer agasajos y en paseos dizque a ir a estudiar las tecnificaciones de otros países, pero todo parece más bien que sirve para llenar las arcas de los Bancos Internacionales, por tanto mientras esto se hace, se debería mejor ayudar a la nueva juventud, los niños de hoy, los hombres del mañana, la nueva generación, creando bastantes centros de estudios, agricultura y ganadería, enseñándoles de acuerdo a lo que cada niño aprender.

También los miles de alcohólicos y pordioseros debieran ser atendidos
en centros asistenciales bien equipados porque para eso nuestro petroleo produce muchos millones de barriles y ahora, que cada venezolano tiene derecho a unos cuantos barriles de petróleo porque para eso fue nacionalizado, mayor razón tendré yo y ojalá que todo lo dicho se cumpla y hay que ir a ese te vez, ofrecerle una promesa a la Virgen de los Milagros".

Texto palpitante —explicativo por sí mismo— que en su lúcida vigencia expone descarnadamente los infortunios de un pueblo cuyas esperanzas siempre fueron y son victimadas por la violencia de la demagogia oficial.

MORALEJAS

En sus Moralejas se nota la influencia que ha sembrado en él la lectura de las Sagradas Escrituras, en especial la del Libro de los Proverbios: "Dejad que la tempestad venga y agite los árboles,/ porque así morirán los malos gorgojos./ No eches leña al fuego,/ no critiques la vida ajena, no combatas la injusticia con la injusticia, no combatas la violencia con la violencia. Usa siempre la fuerza intelectual y no uses es la fuerza bruta, porque es la fuerza de los cobardes".
Fernández no se ha contentado con los consejos de Salvador Valero sino que también ha hecho suyas las sentencias de Salomón. Ya no es el hombre desesperado y humillado que destruye lo que él mismo ha creado; por el contrario, ahora sabe que la intemperancia no es la mejor arma para combatir la tempestuosa y "torpe crítica de los que nada saben de arte". Sabe que un demiurgo —y él lo es— es el fundamento del universo que crea, por eso primero pone orden en sí mismo y luego organiza el mundo circundante. Ha aprendido que "Después del bullicio viene el hastío/ y después de las alegrías/ Vendrán las tristezas/ Y el arrepentimiento", de ahí que deba "ajar su vanidad", situarse más allá de los contrarios y crear esa unidad que trasciende el tiempo: la obra de arte.

FÁBULAS

Así como los imagineros del siglo XIII se inspiraban en las fabliaux para esculpir los medallones y los relieves satíricos de las sillerías del coro de las grandes catedrales europeas, sus fábulas recuerdan las antiguas fabliellas que forman parte de la tradición oral del campesinado trujillano.
En las zonas rurales trujillanas donde el analfabetismo alcanza cifras alarmantes, la mayor parte de las consejas, leyendas, oraciones, ritos agrícolas, costumbres familiares y locales se hacen a través de la tradición oral. De ello se encargan los de mayor edad, con gracia para contar y memoria para recordar, y como cultura e instrucción no son términos idénticos, estos depositarios del saber oral, según dice Juan Goytisolo, pueden ser y a veces son más cultos que algunos de sus paisanos que han tenido acceso a la educación formal.
Fernández elabora sus fábulas con lo que ha visto, leído u oído. Como es tradicional, sus personajes son animales, y basándose en hechos que han acontecido en su medio o que ha conocido a través de la radio, los periódicos u otras personas, desarrolla una historia de la cual se deduce una moraleja que sirve de enseñanza.

Así Fernández, como Florián, narra con mucha gracia la historia del Gato y los Ratones:

"Una vez dos ratones hambrientos encontraron un pedazo de queso, uno de los dos que era un poco "agalludo" y quería todo el queso le tocara para el solo.
Así entre ambos se formó una acalorada discusión y estando liados en la misma, se apareció un gato, el cual también lleno de hambre se les abalanzó encima con sus garras y los devoró.
Cuando el gato estaba terminando de Comerse los dos ratones, apareció un ratoncito muy chiquito, quién lleno de orgullo y alegre porque se encontró el queso que los otros habían dejado, piensa para sí:
— Que felicidad es la "Papa limpia", nadie sabe para quién trabaja, ojalá sigan dejando queso. En fin los quesos no se acaban y el que diga que no deja quesos es un tonto.
Ahora el gato que ya había terminado de Comerse los dos ratones se dice también a si mismo:

— He debido comerme el queso, pero no hay que ser tan avariento, además, si no hubiese dejado ese pedacito de queso, ese ratoncito no hubiese llegado y, esa es una presa que tengo para más tarde y hay que dejar algo para el mañana y así se colabora con todos los que le gusta dejar sus quesos.
El ratoncito al oír esas palabras, dice:
— Ey gato tonto. No me comiste.
A lo que respondió el gato, estas palabras:
— Ratón tonto, no te alegres mucho porque lo que no te pasó hoy te puede pasar mañana y no te alegres por lo que les pasa a los demás. No hay que echarle basura a la fuente seca, ni el que se encuentra en las alturas se debe burlar de los demás, porque a veces las tempestades llegan de un lado y a veces de otro".

Es decir, que nunca se debe menospreciar, subestimar al otro... ¿ Y quién mejor para saberlo que El Hombre del Anillo?

CUENTOS

Como es bien conocido, Fernández durante el tiempo que prestó el servicio militar trabajó como enfermero y ayudante de obstetras, de ahí sus "Cuentos de Médicos" y la serie de obras que denominó "Los paritorios" acogida en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, y sobre la cual Juan Calzadilla expresa: "Pensaba en los colores brillantes, el amarillo y el rojo gritaban en la tabla el sufrimiento de las parturientas. Tanto como el pánico en el grito de Munch".
Aunque estos cuentos gozan de mucha popularidad entre los habitantes de la zona montañosa trujillana, a tal punto que Oscar Sambrano Urdaneta en su libroEl Arcángel ha escrito magistralmente uno titulado "La dieta" (7), los de Fernández recrean y satirizan con mucho humor la actividad de estos profesionales que ha conocido muy cercanamente.
Con agudeza y mordacidad, Fernández narra la inhumana, mecánica y despreciativa manera como los médicos tratan a sus humildes, pero ingeniosos y vengativos pacientes. Así, entre otros, el 26 de diciembre de 1976, cuenta:

"Una vez un Señor que sufría de puntadas reumáticas . y a la vez había sufrido un accidente en el cual había perdido la pierna izquierda, teniendo la necesidad de adaptarse una de caucho, llega a una Clínica y en el consultorio sorprende al encontrar al Médico colocándose en medio de las pestañas una enorme bola de cristal, pues este Señor también había sufrido un accidente en el cual había perdido un ojo.
— Buenos días, Doctor.
— Buenos dias. ¿En qué puedo servirle?
— Yo vengo aquí para que usted me recete un remedio para el reumatismo.
— Bien, usted lo que tiene que hacer es tomarse un depurativo y darse unas unciones de "coneciervo" y ponerse paños de gasolina caliente en la pierna izquierda.
— No sabe usted, Doctor, que ésta pierna es de caucho y si me pongo gasolina caliente se me quema. Esto me lo recetó usted porque no me había examinado bien ¿Verdad? Bueno así lo haré, pero usted, Señor Doctor, se busca una mandarria y se dá unos golpes en el ojo de vidrio.


Como ha podido apreciarse, la ingenua escritura de Fernández capta y recrea el imaginario e idiosincrasia de un pueblo que ha sabido levantar de sus miserias la grandeza; de ahí que su creación —tanto plástica como literaria— trascienda el oficial etiquetamiento de arte popular, pues, como dice George Sand, "encierra una bizarría que parece atroz, y que, por el contrario, es magnífica".
NOTAS:
(1) Artista ingenuo natural del estado Trujillo, Venezuela, donde ha vivido desde su nacimiento en fecha 08 de septiembre de 1922, según se desprende de su partida de nacimiento que reza así:
PARTIDA DE NACIMIENTO DE ANTONIO JOSE FERNANDEZ
N° 203. -Francisco Ygnacio Viloria, Jefe Civil del Municipio Capital del Distrito Escuque. hago constar que hoy once de agosto de mil novecientos veintitrés, me ha sido presentado un niño por el ciudadano ROMAN FERNANDEZ, vecino. casado, de treinta y seis años de edad. agricultor: y manifestó: que el niño cuya presentación hace nació en esta ciudad el OCHO DE SEPTEMBRE DEL AÑO PROXIMO PASADO a la una a.m. y que lleva por nombre ANTONIO JOSE. -Que es hijo legitimo suyo y de ANA FRANCO. vecina. casada de veintitrés años de edad y de oficios de su sexo. -Fueron testigos del presente acto los ciudadanos: Luis Baptista y Trino Moreno, vecinos de este domicilio y mayores de edad. -Se les leyó esta acta fueron conformes y no firman por no saber.
FRANCISCO Y. VILORIA A. SANCHEZ ENRRIQUEZ
Secretario
Texto documental que incluyo para aclarar la confusión que sobre su fecha de nacimiento leí en El invierno revuelto en las costillas de Fracismar Ramírez Barreto, entrevista publicada el 26 de agosto de 2000 en el suplemento “Papel Literario” del diario “El Nacional” de Caracas.
(2) Ana Avalos de Rángel, exgalerista e importante coleccionista de obras de arte.
(3) Sofía Imber, fundadora y exdirectora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.
(4) Fernández, A. J. El Hombre del Anillo. Poesía, Reflexiones, Cuentos. Imprenta Oficial del Estado Trujillo. Valera, Edo. Trujillo, Venezuela, 1977.
(5) Calzadilla, Juan. Biografía en breve de un artista verdadero. “Papel Literario” del diario “El Nacional”, Caracas, 09 de agosto de 1998.
(6) Carta sin fecha escrita por Salvador Valero a Antonio José Fernández, la cual guarda íntima relación con otra que escribe Valero al doctor Carlos Contramaeste el 19 de abril de 1965, donde le dice: “...Yo he lamentado mucho la destrucción que hizo de sus obras el joven de Escuque (Antonio José Fernández). pues él fue sordo ante mis súplicas y advertencias. Créame Doctor que a mi me preocupado eso; fue que él no tuvo valor para sobreponerse ante la torpe crítica de los que nada saben de arte (...)”. Ambas transcritas guardando la ortografía y sintaxis originales.
(7) Sambrano Urdaneta, Oscar. El Arcángel. Editorial Planeta Venezolana, S. A. Caracas, 1998. Pág. 115.
TEXTO E IMÁGENES EN -----> http://www.analitica.com/va/arte/dossier/9380711.asp




JOSEFA SULBARÁN - ARTISTA POPULAR



 Josefa Sulbarán
imagen cortesía de Museo de Arte Popular "Salvador Valero"

"Paseo del Niño"
imagen cortesía de Museo de Arte Popular "Salvador Valero"


La ensoñación y el verde esplendor del universo estético de Josefa Sulbarán


Josefa Zambrano Espinosa

A Carmen Araujo, Sheyla Rosario y Carol Cañizares O’Callaghan, 
quienes con su quehacer iluminan a los Museos de Arte Popular 
“Salvador Valero” y “Bárbaro Rivas”.


Vos que sabés cantar, que estás en las hojas del cerezo,

– Ponéte de niebla, ponéte de espuma y riíto, decí:
"Vení de lejos, velo de lluvia, 
llegá sol,
y con la cola sobá esas pendientes, tocá
las piedras moradas".

RAMÓN PALOMARES, Paisano



Uno obedece siempre a los imperativos de su corazón, de ahí que hoy escriba sobre la pintora trujillana Josefa Sulbarán en homenaje a su octogesimoquinto aniversario.

Josefa Sulbarán ya no es aquella mujer que, al entrar en confianza, gustaba conversar dejando a un lado su característica timidez mientras le acariciaba la cabeza a alguno de sus perros, sino esta anciana cuya mirada triste interroga al horizonte en busca de los paisajes, las vivencias y leyendas que desde niña plasmó en sus cuadros.

“¡Ah rigor paisana! Paisana, paisanita, el destino nos juntó y la vida nos separó con eso de lo que pudo ser y no fue. Dejemos la conversa quieta pa’ más luego, ¿no le parece mejor?”.

Conversación que nunca pudimos sostener, aunque en el recuerdo las palabras de Josefa Sulbarán persisten envueltas en un aroma de mastuerzo niño, musgo y café; sólo tangible en los verdes, rojos, amarillos, blancos y azules omnipresentes en su singular universo plástico: Los Cerrillos.

Los Cerrillos, comarca vecina a Mendoza Fría en el Estado Trujillo, Venezuela, es el lugar donde Josefa Sulbarán ha vivido la mayor parte del tiempo desde que nació un día de diciembre del año 1923, hecho del cual da fe el poeta Antonio Pérez Carmona en La bella niña de ese lugar: “Su madre, María Virginia Sulbarán, le contaría en esos coloquios crepusculares, a la que ya era señorita primaveral y que sus amigas llamaban cariñosamente Josefita, que el parto de la fría madrugada navideña, fue harto difícil, doloroso, pleno de angustia en una terrible soledad, pues ella, o sea, la entonces moza campesina, con un coraje y valor extraordinarios, recurriendo a su fe en Dios y la Virgen, colocó la estera en el piso, para, sin ayuda de la partera, dar a luz la hermosa chiquilla de ojos azabache, cabellos de ébano y piel canela. Y no se habían dormido aún las estrellas con la aurora, cuando María del Rosario Sulbarán (la abuela), abría aquella puerta rústica, a objeto de buscar el vecino fuego, encontrando a la joven en el suelo, en la escena semejante al pesebre de Belén”.

Relato que sin duda influyó en la pintora para llevarla a hacer del nacimiento, y en especial el del Niño Dios, un tema recurrente en su obra; sólo que sus nacimientos no acontecen en un pesebre de Belén sino en medio del verdor esplendente de Los Cerrillos, tal como puede apreciarse en sus cuadros “Paseo del Niño”, “Celebración de Noche Buena” “Paradura Nocturna del Niño”, entre otros. Además, las circunstancias que rodearon el parto en que Virginia Sulbarán alumbró a Josefa no sólo han marcado su obra, sino también la devoción que con gran entusiasmo siempre ha manifestado sentir por la mujer que la trajo al mundo: “¿Cómo no haber adorado tan inmensamente a mi madre Virginia, si ella por poco no entregó su vida al darme la mía, en esa temerosa soledad, donde ocurriera el milagro bajo el poder de Dios y de la Virgen?”.

Y no es para menos, ya que en aquél difícil medio rural, Virginia, la madre, quiso brindar a su pequeña lo que la vida le había negado a ella: la educación; así que al alcanzar Josefita la edad necesaria, de la mano Virginia la lleva diariamente a la improvisada escuelita del señor Raimundo Montilla, para que éste se la enseñe a leer y escribir.

Con el general Eleazar López Contreras, luego de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, comienza en Venezuela una nueva era --sobre todo en las áreas sanitaria y educativa-- al decretarse en el año 1937 la creación de las escuelas rurales y, entre ellas, con sede en Los Cerrillos la Escuela Rural N° 3217, en donde Virginia Sulbarán se apresura a inscribir a Josefita, convirtiéndola en una de las primeras y pocas alumnas de la maestra normalista María Marbelina Castellanos.



De esta época Josefa Sulbarán recuerda, y así lo refiere en casi todas sus entrevistas, que Virginia, su madre, a pesar de la pobreza en que vivían, prefería que ella asistiera a la escuela y participara tanto en los juegos infantiles propios de las niñas como en los actos culturales programados en el calendario escolar, de modo que no la llevaba consigo --como hacían con sus hijos la mayoría de las madres campesinas-- para que la acompañara en las faenas del campo; por el contrario, le fomentaba el deseo de instruirse, la devoción y amor a Dios y la Virgen, y a San José, su santo patrono. Asimismo, le enseñó lo que con el transcurrir del tiempo se ha convertido en el lema de su vida: “Nunca hay que ser envidioso ni rencoroso, siempre hay que vivir sin amargura y con alegría, pues no hay nada más bonito que una persona amorosa y humilde”.

Este modo de pensar y sentir transformado en su filosofía de vida le ha permitido a Josefa Sulbarán creer en que el amor, sea éste filial, fraternal o erótico, es un sentimiento único, intemporal, al cual recrea en las imágenes y colores que dan vida a las escenas de “Retrato de Familia” y “Boda Campesina”.

En aquel tiempo el silencio y los colores serían sus mejores amigos. Josefa recuerda que su mayor satisfacción en la escuela la obtenía en el momento cuando se quedaba sola, dibujando calladita en su pupitre. "Desde muy pequeña --le cuenta a Vanessa Andara en la entrevista que le concedió para el diario El Tiempo en febrero de 2002--, sin saberlo desarrollé una gran aptitud para la pintura; a pesar de que nunca había visto a nadie pintando. Mientras mis amigas jugaban con muñecas, yo dibujaba sobre la hoja de un árbol que se llama Cariaco, que al finalizar destruía para que nadie viera lo que hacía. Yo deseaba pintar pero me daba vergüenza con las personas".

A Josefa Sulbarán --al igual que a Antonio José Fernández “El Hombre del Anillo”-- la timidez y el temor a la burla y el rechazo del entorno les lleva a destruir sus primeras obras. Aunque en el caso de Josefa no es su mano armada de un martillo la que destroza la creación tal como lo hizo “El Hombre del Anillo” con sus esculturas de argamaza y cabilla, sino que es la naturaleza del material vegetal empleado por ella para dibujar la que se encarga de dar fin a su efímera obra.

Igual destino sufren sus primeros frescos pintados en las paredes de las casas donde habitaba. En ellas, usando los carbones del fogón y los creyones de cera que traía de la escuela, Josefita pintaba sobre las paredes todo cuanto veía: animales, plantas, casas, personas, pero tal como le ocurría con las hojas, cada vez que dichas paredes se descascarillaban y eran de nuevo encaladas, su obra desaparecía.

Josefa, ya adulta, en silencio, siempre en silencio, y en la penumbra de su habitación pinta como lo hacía cuando niña, hasta el día en que usando los creyones de a medio pertenecientes a Auxiliadora, su única hija, dibujó su primer “Los Cerrillos” sobre la tapa de una caja de zapatos, obra que, sin quererlo ella, fue descubierta por el párroco de Mendoza Fría.

Al respecto, en las entrevistas concedidas tanto a Daniel Acosta Montes como a Vanessa Andara, Josefa expresa que el sacerdote la llamó y le dijo: “Mirá esta niña, ¿si es verdad que esto lo pintates vos?”. A lo que ella, muy asustada, le respondió afirmativamente. “El sacerdote --cuenta Josefa-- me pidió que le pintara uno igual para él, pero yo nunca se lo llegué a hacer, aunque ese ha sido uno de los momentos más felices de mi vida, ya que ese día supe que lo que hacía no sólo le daba alegría y satisfacción a mi corazón sino que también podía gustarle al de los demás”.

A partir de ese momento comenzó a concebir la idea de pintar de nuevo “Los Cerrillos” en un cartón más grande y así, siempre en silencio y en la penumbra de su habitación, usando los creyones de a medio y sobre un cartón piedra, comienza a pintar Los Cerrillos, dando forma y color no sólo a las imágenes que ven sus ojos sino a aquellas que pueblan sus sueños. Trazos y ensueños van coloreándose hasta transformarse en un paisaje fácilmente identificado como “Los Cerrillos” por sus paisanos, quienes alabaron la obra el día que ella la colgó sobre la pared del comedor de su casa el 24 de diciembre de 1967.

En Josefa Sulbarán hay que resaltar que jamás padeció el rechazo del entorno social sufrido por sus coterráneos Antonio José Fernández “El Hombre del Anillo” y Salvador Valero; por el contrario, en ese diciembre de 1967 su comunidad y grupo familiar se disputaron por el privilegio de exhibir en las paredes de sus hogares el dibujo en cartón piedra, pues todos creían verse retratados en el medio de ese otro paisaje tan parecido al natural y circundante donde transcurría la rutina sus vidas; paisaje que ante el general asombro, Josefita, una de ellos, ha sabido recrear e iluminar.

Como en los pueblos las novedades vuelan en el aliento de las voces, llegó a oídos del ingeniero José Domingo González que una muchacha del campo había hecho un cuadro donde todo lo que se veía era igualito a Los Cerrillos. Intrigado visita la humilde casa de Josefa y queda impresionado ante la belleza del paisaje, y le promete regresar. Promesa que cumple en compañía del poeta Carlos Contramaestre, a quien se debe el descubrimiento de los más grandes artistas plásticos trujillanos (sin ahondar en este trabajo sobre la clasificación que de ellos hace Raúl Díaz Castañeda, para quien los dos primeros son ingenuos y populares las dos últimas, situando en entrambas vertientes, por participar de una y otra, a Rafaela Baroni, tampoco descubierta por Contramaestre): Salvador Valero, Antonio José Fernández “El Hombre del Anillo”, Eloisa Torres y Josefa Sulbarán.

“Contramaestre, con la personalidad que le caracterizaba --le cuenta Josefita a Daniel Acosta Montes-- me dijo: ‘Josefa, quiero un cuadro como ése’. Se refería al cuadro que sobre Los Cerrillos yo había pintado con creyones sobre cartón piedra para exhibirlo en el comedor el día del Niño Dios. Yo me asusté mucho cuando llegó este señor a mi casa, y me preguntó por el cuadro. Él pasó al comedor por la pieza y de inmediato me ofreció comprármela, pero yo le dije que no podía vendérsela porque yo la había hecho para adornar mi hogar. Entonces él me dijo que en unos días pasaría a buscar uno que yo le hiciera. Yo, por supuesto, no pensaba hacerlo; sin embargo, a los pocos días me envió unos óleos y pinceles, y entonces yo me alegré tanto de ver aquello que nunca antes había visto. Así que de inmediato comencé a realizarle el cuadro en agradecimiento”.

Y fue de este modo como nació “Los Cerrillos”, la obra donde Josefa Sulbarán aprehende con sus pínceles el imaginario, el verdor y la luz de la montaña trujillana, plasmando así sobre el lienzo el paisaje que, entre penumbras y duermevelas, ha venido soñando desde niña. Hierofanía polícroma que inicia en Sulbarán ese “existir en entero” de que habla Guillermo Meneses, quien en El falso cuaderno de Narciso Espejo afirma: “Tengo la convicción de que el individuo no existe en entero si no llena la parte que le corresponde a su pueblo, si no sabe extenderse hasta su territorio comunal, hasta su ejido”.
Josefa Sulbarán no sólo ha sabido extenderse hasta ese territorio comunal que le es propio, sino que ha convertido su ejido en un singular cosmos, en un estético y particular universo iluminado por el sol de su mirar. Mirada que reflecta la luz haciendo más rojiza la tierra de los cerros, al tiempo que oscurece el verde de los árboles que se yerguen en busca del azul que, esa misma luz, hace más brillante en los cielos de los paisajes creados por Sulbarán.

En ellos, al recrear su comarca, Josefa da la vida tanto al diario quehacer del campesino trujillano como a los acontecimientos del pueblo, sean estos de orden religioso, familiar, histórico o cultural. En sus paisajes el verde se transforma en esplendor de esperanza, de naturaleza en perpetua renovación, de ahí que la pintora exprese: “A mí el verde me hace muy feliz y por eso lo utilizo bastante; además, amo los estados completamente naturales y lo que en ellos se encuentra… Me gusta proteger a todos los animales y seres indefensos que habitan en esta tierra”.

Tierra de humo y neblina, de suqueses que parpadean sus intermitencias amarillas en la negrura de las noches cuando Josefa Sulbarán sueña con el verde de los sembradíos siempre en flor y con el turquí de esos cielos en los que la mirada se pierde en busca de lo anhelado y eterno, y que ella, gracias a su talento y sensibilidad, ha sabido hacer suyos en cada una de las obras que ha pintado a lo largo de sus recién cumplidos 85 años de edad. Obras galardonadas con importantes premios que le han permitido convertirse en una de las más reconocidas y originales exponentes del arte popular venezolano, sin que por ello su bondad de alma, candorosa timidez y humildad hayan mermado en absoluto, permitiéndole así, a pesar de su delicado estado de salud, continuar siendo por siempre La bella niña de ese lugar: Los Cerrillos, su centro del mundo, su universo del ensueño, el color y la luz.

video del Ministerio del Poder Popular para la Cultura - Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio. Producciòn y Conceptualizaciòn: Mercedes Longobardi. Fotografìas: Ivor Lugo. Logistica: Carolina Lorca/ Pedro Torrealba. Asistente de Campo: Peter Querales. Camarògrafo:Ruffo Contreras. Ediciòn: Alexander Oidobro.