PALMIRA CORREA - artista popular


Palmira Correa, artista popular




PALMIRA: MÁS ALLÁ DE LA MIRADA
 Luis Miguel Rodríguez

Escribir sobre Palmira es remontarse al pasado. Es rememorar aquellos tiempos donde la creadora, viviendo en su pequeña casa- taller ubicada en la parte alta del sector de Puerta Caracas, a las faldas de El Ávila, en La Pastora, Caracas, era poco conocida en el sector artístico-cultural o por el público en general del país.

La artista de aquellos momentos, dueña de un lenguaje plástico definido y poblada de un imaginario rico en personajes y temáticas, era portadora de un dominio del color sorprendente, brillante, saturado, contrastante; de un manejo de las figuras humanas voluptuosas, desproporcionadas y cándidas a la vez, y de un repertorio de signos y símbolos que enriquecían el sentido de sus composiciones.
 Aquella primera Palmira se nos revelaba sólida, segura plásticamente, pero huérfana en medio de un sector donde el creador tiene que batallar arduamente para darse a conocer, para ser tomado en cuenta, valorado, identificado, ubicado y reconocido.

Su trabajo continuó en lo sucesivo. Ella, de forma incesante, se entregaba día a día a su razón de ser: pintar. Para Palmira, la pintura es más que un oficio, es un acto de fe, un milagro, una salida, un camino, es la forma de hablarnos, es su consolación, es estar, es existir, es ubicarse, es su alegría diaria, es su aliento...

En cada una de sus obras, materializa con formas y colores su rico mundo interior poblado de recuerdos de una vida pasada en el oriente del país, de sus costumbres, tradiciones, paisajes; de su admiración, respeto y valoración por los héroes y figuras de la patria como Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y Francisco de Miranda, por nombrar algunos; de su inmensa fe por Cristo crucificado, vírgenes, santos y ángeles, a quienes pinta de variadísimas formas, situaciones y contextos; pero también del entorno que la rodea, el paisaje, la naturaleza, la ciudad, el barrio, los pueblos de su imaginación; así como escenas cotidianas como juegos, fiestas, y celebraciones folklóricas. Su variado repertorio temático incluye, además, el mundo del boxeo, quizás en homenaje al pasado boxístico de su hermano, o escenas de teatro y de bailarinas, refleja su deseo muy viejo e imposible: ser bailarina. La mujer es representada en diferentes facetas, solitaria o acompañada, maternidades, matrimonios, familias, desnudas, en la cocina, vendedoras.
En su producción hay un espacio para la auto representación, sí tal y como es ella, con sus botas negras, sus dos muletas, sus pinceles y su caballete.

Lo que más llama la atención de sus figuras es el rostro, que constituyen el punto focal y de mayor atracción en sus composiciones. Rostros, caras, expresiones, ojos triangulares y tristes. Ojos llorosos como si hablaran de desvelos, añoranzas y recuerdos. Cada figura fija su melancólica mirada en el espectador que los contempla.

Aun así la obra de Palmira es una fiesta al color, a la luz, a la vida, a lo bello, a lo hermoso, a la armonía, a la placidez, al orden. Ella recrea, inventa, reinventa, construye, demarca, ubica y fabula escenas y situaciones de una serena belleza.

La obra de esta creadora naif venezolana es esencialmente figurativa. En sus composiciones la figura humana desproporcionada, voluptuosa, monumental, hierática y frontal, puebla el espacio, lo inunda con su volumen en un primer, segundo o tercer plano. De allí, que sus composiciones sean construidas a partir de la figura, que lo invade todo, dejando poco espacio libre y dejándola como protagonista única en la obra.

La desproporción y distorsión de la perspectiva está supeditada al valor de la figura representada. Por ello, santos, vírgenes y cristos son evidentemente más grandes que el resto de las figuras en la escena. Es el valor y el significado, la que determina su ubicación en la obra.


La artista que conocí y a la cual le dimos la mano en aquellos momentos, pronto no tardó en ser conocida y reconocida en salones y bienales de arte, así como en exposiciones colectivas e individuales realizadas en Caracas y en algunas ciudades del interior de nuestro país. No podía ser de otra manera, el esfuerzo, el creer en su trabajo, la fe y la constancia tienen siempre su recompensa.

Hoy vemos a una artista dueña de un lenguaje propio, de una conciencia clara de la realidad socio-cultural que la rodea, una creadora que pese a los obstáculos y carencias, sueña con un mundo mejor, colorido y armónico como el mundo que día a día revelan sus manos, sus pinceles y colores en cada lienzo.

  



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