SALVADOR VALERO CORREDOR - poeta del color

Salvador Valero nace un 9 de Marzo de 1903 en el Colorado, Escuque, Edo. Trujillo y muere en Valera, Edo. Trujillo. Fue un Escultor Fotógrafo, Dibujante y Escritor.
Pensador de circunstancias inmediatas de su pueblo, al que siempre le fue fiel. Por él mantuvo siempre, una conducta de la más alta dignidad.
"Al niño que fue Salvador Valero  le llegó en la escuela “la idea de pintar y dibujar” (p.65), y luego mocetón fue llenando las paredes del corredor de su casa campesina con sus inspiradas realizaciones visuales.  El padre Escolástico Duque lo motiva a emplear el óleo, a sabiendas, de las facultades del joven pintor campesino.
Lo demás, lo realizado de su inquieta imaginación, lo podemos observar en el Museo Salvador Valero, en Revistas y en algunas colecciones particulares.A través de ellos no debemos olvidar esa patria común de lo inédito: la infancia".
Salvador Valero sabia que el “Escuque que se fue” había sido la representación de un mundo agrario y portátil, con sus valores, su organización social y su cultura, en las cuales él estuvo inmerso como miembro de una aldea campesina. Su pensamiento, su vida y su memoria lo mantienen vivo en las obras que llevó a las generaciones Venezolanas y del mundo.


El Niño Que Fue Salvador Valero 

 Wilfrido González Rosario 

“Todo lo que veía era un mundo  de poesía para mí: la forma de las altas serranías, de las piedras, de los árboles, todo era un mundo de belleza y curiosidad para mí” Salvador Valero
 "...existe una Danza de los Árboles. No son todos los que conocen el secreto de bailar en el viento. Pero los que poseen la gracia, organizan rondas de hojas ligeras, de ramas, de retoños, en torno a su propio tronco estremecido. Y es todo un ritmo el que se crea en las frondas; ritmo ascendente e inquieto, con encrespamientos y retornos de olas, con blancas pausas, respiros, vencimientos, que se alborozan y son torbellino, de repente, en una música prodigiosa de lo verde. Nada hay más hermoso que la danza de un macizo de bambúes en la brisa. Ninguna coreografía humana tiene la euritmia de una rama que se dibuja sobre el cielo. Llego a preguntarme a veces  si las formas superiores de la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado. Un día, los hombres descubrirán un alfabeto secreto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema". Alejo Carpentier

"Día de Los Locos"
Óleo sobre tela
98 X 150 cm
1968
            Poesía
           En la vida y en el arte de Salvador Valero convergen elementos esenciales de lo que daremos el nombre de Trujillanidad:    la exclusión social, el apego a la tierra, el aferramiento a tradiciones seculares, la imaginación desbordada, la intuición.  Campesino, hijo de campesinos, porta sobre sí las huellas de sus dolores y sus carencias, la superficie material y la simbología de sus “cuadros” lo denotan: crucificados, cartón, mujeres solas, fardo, papel, víctimas, coleto, solitarios, tela.
 Sin embargo, pese al anclaje social de sus motivos y reflexiones, esa vida de privaciones se ve compensada  por los tesoros imaginarios y los encantos de las celebraciones, la música, la belleza de la mujer adorada.
Todo proviene de la conjunción de la imaginación bizarra y de las formas casuales de la naturaleza. Salvador Valero, nacido en Colorado de Escuque, un 9 de marzo de 1903,  lo definió como el “casualismo”  El pintor lo narra en su autobiografía, escrita sin reparos ortográficos:
asi bajo un cumulo de sufrimientos tanto morales como materiales esos aumentados por mi natural timidez pero siempre con mi amor puesto en mi madre nuestros hermanos nuestra casa y nuestro terruño donde en cada arbol en cada piedra y pedazo de cielo veia yo toda la poesia de la naturaleza  (p.65)

"El hogar de la Sagrada Familia
Venezolana"
Óleo sobre tela
54 X 59,5 cm
1969
 
             El Camino
            La obra pictórica de Salvador Valero y su escritura se inscriben en una retórica del viaje, desnuda de artificios intelectuales, cuyos motivos están arraigados principalmente en el imaginario colectivo regional: fiestas, romerías, guerras, montoneras, partidas, entierros, héroes, dioses, seres míticos, montañas, caminos. 
Salvador Valero aporta visiones particulares propias de un trujillano de la primera mitad del siglo XX, imágenes que circulan fuertemente anudadas al eje familiar y al entorno aldeano.  Otros temas internacionalistas como “La Inmolación de Hiroshima”, y la sátira social como “En La Quema de Judas”, “La Subasta de la Túnica” o “El Ladrón de Cuadros”, serán posteriormente su mirada de hombre maduro, complementaria, ante la experiencia adulta, un acercamiento a un mundo más allá del universo intrínseco.  
           Su expresión, es sobretodo, un lenguaje de la sencillez, no hay transparencia mayor que la de la naturaleza. El hombre es un creador con el mundo: una tesis más honesta del arte que la esgrimida modernamente donde el artista, ajeno al mundo, se sienta sobre una atalaya solitaria e inaccesible al denostado hombre común.  
 Salvador Valero fue un hombre del pueblo, un aldeano de su época, un niño pastor, recogedor de leña, buhonero de granjerías caseras en el cercano pueblo de Escuque, imaginador incansable y  precoz artista al tiempo, sacrificando sus descansos como los artistas del pueblo, robándole instantes a la cotidianidad laboriosa, escasa, para expresar su singular perspectiva, sueño y proyecto de humanidad. 

"Las murmuradoras
que regresan de Misa"
Óleo sobre tela
61,5 X 92 cm
1962
     
Relato Autobiográfico
            La autobiografía de Salvador Valero que Carlos Contramaestre, con intuición señera, respetó en su grafía, sintaxis y modismos, es el testimonio apasionante de una infancia de maravillas, contemplación y asombro. Cimienta  sus raíces de lenguaje en lo vivido, como si en sus ojos se reunieran las miles de miradas de los numerosos circunstantes de sus pinturas –como en “Día de los Locos” “La Procesión del Niño Jesús de Escuque”, “Las Murmuradoras”, “Busca o Paradura del Niño en los Andes Venezolanos” o “La Quema de Judas”-  que nos miran con interés desde sus diáfanas miradas. Una voz de muchos, una visión de tantos. 
Es también una escucha atenta a las voces de los mayores, al río de las palabras antiguas, a los cuentos, al anecdotario, a los mágicos relatos de la madre, sobre monjes nocturnos de dulce mirar y  niños rubios emergidos de los peñascos.
Pero también son sus relatos históricos: la anécdota  de “Chona la Trujillana”, dando refugio bajo su largo vestido, a un fugitivo de las rencillas  de Ponchos y Lagartijos; del enamoramiento del padre arriero por la madre durante una estadía en casa de la prima Margarita; del verso legado por ésta, mientras la vestían de novia: “Si los gallos supieran lo que es querer no cantarían al amanecer”, que la madre repetía en el camino hacia la aldea de su nuevo hogar.
           Son los días favorables en que el joven matrimonio pone una “guarapera” o “ratonera” que evoluciona en negocio de víveres, licores y ropa, en la casa de hacienda, rodeada de cafetales. Una aldea donde todos conocen a su hábil padre, contrabandista de aguardiente, entre otros oficios, por el sobrenombre de “Padre Lauterio o Eleuterio” por ser hijo del cura Juan de Dios Chaves. Pero un disparo de carabina en el corazón pondrá  fin a los días propicios, todo por un asunto de faldas, mientras arreaba una carga de café entre las aldeas del Colorado y el Barquesí.   La autobiografía de Salvador Valero es además el relato de quien ha indagado sus orígenes, rebuscando en los cuentos de los viejos amigos, la sombra del padre.
           A la muerte del padre sobreviene la pobreza por las artimañas del socio comercial de éste,  el prestamista Domingo Giacopini, quien se apropia de los bienes paternos, sin apenas dejarles para la subsistencia a la viuda y a los huérfanos.  La miseria total la evita la intervención del General Ramón Rueda quien había sido amigo del difunto.   Para el niño Salvador Valero se inicia una vida de desengaños, escasez.
           María Lourdes, la hermana sin ilusiones matrimoniales, es el modelo de virtudes y sacrificios por la familia, en el duro trance de la muerte del padre y de la soledad devastadora de la madre.  Con ella comía el niño, se sentaba en sus piernas, a sus seis o siete años, la acompañaba en la visitas a sus amigas, orlados del respeto que su padre había sembrado entre los conocidos; como cuando pasaba por la pulpería y un hombre de nombre Asunción Uzcátegui, con cariño le obsequiaba las maravillas  que para un niño puede contener una tienda.
           Es su hermana mayor quien consuela al pequeño en sus interminables y desgarrados llantos vespertinos, en la tristeza que lo acosa, último retoño de una estirpe de seis hermanos.   Para revivirlo de alegría, Lourdes lo sacaba fuera de la casa donde las otras hermanas, Eudora de Jesús y Aparicia del Carmen, con otras muchachas, jugaban a las muñecas:
  “habían muchas flores de las llamadas buenas tardes, entonces ellas mis hermanas cojían gran cantidad de aquellas flores y espigas de paja de la llamada paja de zorro o paja amarga  aquellas flores que las habían blancas, rojas, moradas y amarillas las ensartaban en los canutos de las espigas de paja entonces se daban á la tarea de adornar todo mi bestido con guirnaldas de dichas flores y me coronavan la cabeza con otra guirnalda más grande y hasta en los zapatos me ponían adornos una vez hecho esto me tomavan de las manos y me sacavan a pasear por los alrededores de la casa y parte del camino real cuando hacía eso mi ánimo yo me sentía orgulloso. Otras veses me llevaban para casa de cualquier besino o para casa de Mama Meya, Mamá Meya era una señora que había sido sirvienta de mis padres a la vez fue haya mía...” (p.31)  
             María Lourdes era también quien elaboraba las hallacas y el pesebre navideño; y los dulces de papelón con piña, coco, apio, zapallo y otras frutas, el arroz con leche, las hallaquitas de pescado de Semana de Dolores o Santa; imágenes perdurables recreadas por él, en las pinturas de interiores de grandes casas campesinas con el ambiente festivo de la comida que se prepara para los invitados y familiares: tema del cuadro “Haciendo Hallacas para la Nochebuena”.
             Mamá Meya (Amelia Angulo) poblará el recuerdo sentimental del niño, con la súbita melancolía que la hacía derramarse en llanto al verlo, sus regaños o consejos oportunos, su pobreza irremediable, con sus trasnochos de lavandera (remojo, primera mojada, primer ojo, segundo ojo, así lo describe con minuciosidad como si intentara recuperar el tiempo perdido), a orillas de la quebrada, en un pozo oscurecido, que daría motivo a cuentos misteriosos, a la conseja del alma perdida de una lavandera que oían los caminantes, temerosos de los ruidos de la noche .
 Y también de Mamá Meya provendrá la satírica anécdota del Cojo Inocencio, haciéndosele el muerto en el puente: ¡Párese pícaro cojo!,  y  la respectiva tunda de palo que esta avisada mujer le propinó al burlón.
 El hombre de sesenta años (año 65) y luego setenta (año 74), que recuerda y escribe sus orígenes, nos dice: 
 “el nombre de Amelia Angulo (mamá Yeya)   siempre me ha acompañado  en toda mi vida por el motivo de que siendo niño me llevó en su brazos colmándome de amor casi maternal y siendo adolescente me dio salvadores consejos y aun siendo hombre; cuantas veses al pensar e ella, he sentido la pena de no haber podido aliviar su pobreza pues como fiel sirvienta que fue de mis padres ella fue consecuente con mi madre y toda la familia y por eso digo que como una ratificación de su vida siempre oigo en mi conciencia el nombre de Amelia. Amelia. Mamá Yeya. Mamá Yeya. Con voz de niño” (p.34)
 
            Salvador Valero experimenta en la aldea un mundo afectivo, femenino, sugestivo, en el cual el niño imagina ser el rey y el centro del mundo. Se mueve en medio de costumbres y rutinas femeninas las cuales disfruta con un sensualismo inocente.
            Pero también es el mundo de la timidez ante la mujer, al comentario de las muchachas que lo ruboriza, pudor expresado en la contemplación tímida de cuadros como “Cara de una Muchacha Inolvidable”, imagen reiterativa, divinizada, de la mujer inasible.
            Paso a paso, se nos describe todo un mundo desaparecido y transformado, una cultura, un arraigo a la complicada geografía trujillana, un modo de vivir, una hibridez galopante, una sincrética gama de supervivencias del campesinado.  Para el tiempo en que escribe la autobiografía, en 1965 y 1974, respectivamente, su mirada melancólica recorre los campos de su infancia, empobrecidos, desolados. Tierras para la nostalgia.

"El ladrón de cuadros"
Óleo sobre tela enmarcada
50 X 47 cm
1971

             Los Cuentos y Los Cuenteros
            El universo de la oralidad aportará motivos al imaginario del artista Salvador Valero.  Los cuentos aldeanos: de Ñoa Paz (María de la Paz Rondón), recogedora de café, partera,  historias que eran según Salvador “algunas verídicas y otras basadas en superstición y fantasía” (p.35); el del arco del pozo Calabozo; los relatos heroicos de Carvajal, la Mocotí e Isnotú,  de  boca de sus protagonistas en la bodega de Vicente Valero, los cuentos sobre “extrañas apariciones de botijas  de encantos” (p.49),  de Manuel Torres, de Jemario Bencomo.  Todo ese caudal –junto a los misteriosos cuentos maternales-  se asentará imperturbable, como un viejo Dios primitivo, en el pozo de su imaginario maravilloso.
            El niño que narra a media lengua el cuento de Tio Tigre y Tio Conejo para risa de sus traviesas hermanas, se inspira en los cuentos que oye en las pulperías, en los caminos y en la casa. Es una forma de empezar a andar mundos.  El Capitán Barrios con su repertorio infalible de relatos maravillosos es la figura prominente del poder de lo imaginario en los labios de la gente de su comunidad. Uno de sus pinturas más representativas “La Mudanza del Encanto” traspone al lenguaje visual el relato mítico ligado a las crecientes de los ríos, al desplazarse de las lagunas y a los misterios de la muerte.
            Los cuentos propios y los del Capitán Barrios constituyen un acervo extraordinario de hábitos trujillanos –andinos- y una demostración de la holgura imaginativa en que se movieron los narradores tradicionales que antecedieron y cimentaron a nuestros narradores del siglo XX como Ednodio Quintero, Adriano González León, Orlando Araujo, Antonieta Madrid, Ana Teresa Torres, David Alizo, Ramón González Paredes, Ramón Palomares,  Samuel Barreto Peña,  Manuel Andara Olívar, Segundo Joaquín Delgado, Isidro Morillo, José Manuel Briceño Guerrero o Víctor Valera Martínez.
            Asombrosos y lúcidos relatos, a la luz parpadeante del fogón, a la penumbra de las brasas, a la luz del día o a la caída del crepúsculo con el Niño Jesús, la Diosa Icaque, los Indígenas, el Arco Manare, el Arco Iris, los Campesinos, los Aldeanos, los Pueblerinos, los Generales y a veces también Doctores, los Padres, los Comerciantes, los Soldados de las guerras civiles y montoneras, las Vírgenes, los Zamuros mágicos, las Almas Condenadas, el Diablo, las Brujas, el Cabro Negro, las Ánimas, el Caimán gigantesco, la Serpiente interminable, Pedro Rimales y el habilísimo Capitán Barrios como protagonistas de los relatos que a su modo asumían el horror de las guerras, las desventuras del pobre y las ambiciones de todos.
            En uno de sus relatos, “El Capitán Barrios”, rodeado por el muro de las cabezas cercenadas de sus enemigos, en una atmósfera de humor negro, nos testimonia la violencia insensata de las guerras sufridas por el pueblo trujillano.

"La Abajada de los Reyes"
Óleo sobre lienzo
70 x 71 cm
Colección del Dr. Jacob Senior

            Lo Que Asombra
            Las imágenes de motivos religiosos de la casa de Ñoa Paz jugaban un efecto estimulante en la mente del pequeño Salvador como él mismo lo describe:  
“era para mí el placer más grande que sentía porque viendo aquella profusión de imágenes mi  ánimo se expandía en un mundo místico porque amando la visión de aquellos cromos y retablos con las explicaciones religiosas que daba  mi madre yo veía aquellos cielos azules  aquellas imágenes como un reino real y viviente  entonces mi imaginación viajaba por aquel reino místico” (p.37)     
             Disfruta visitando la casa de la señora Vicenta Cabrita y Anselmo Parra, una choza cuyas toscas paredes estaban cubiertas por propagandas comerciales pegadas con engrudo, afición por la imagen que cultivará obsesiva e infantilmente a través de sus colecciones.
             Las festividades de índole religiosa como “correr a San Juan” -24 de junio- o el día de la Virgen -8 de diciembre-  alimentan el imaginario del autor como expresiones del vigor místico y vital de los aldeanos, recorriendo los campos con sus imágenes en andas.   
             El pesebre de Ñoa Paz también generará una impresión muy perdurable:  
“mi animo se recreó ante la visión de aquel abigarramiento de flores y figuras de yeso madera loza y anime con angeles con alas de hojilla y telas salpicadas de mica todo todo brillaba alli a la luz de muchas velas mientras yo veia maravillado en mi espiritu aquel hermoso y nunca visto por mi aquel pesebre recibia los cariños que me prodigaban aquellas gentes mirava con mas atención la figura de los tres reyes magos que eran de carton recortado pintados de vivos colores que bajavan por unas peñas abrillantadas con mica  esas figuras me llamaron tanto mi atención que posteriormente yo he tratado de pintar unas figuras semejantes en algunos de los cuadros que he pintado” (p.48)
            El anteojo largavista, heredado de su padre, le permite ver la iglesia remota  y atractiva del pueblo de Escuque, trasladarla a sus juegos, reproducirla en su imaginación y con sus manos rehacerla con barro, pedazos de ladrillos y madera.
            Mientras estudia en la escuela de Don Ignacio Carrasquero,  desarrolla su hábito de coleccionista de imágenes con los libros de propaganda y cuentos de Calleja, regalados en las boticas de Escuque.  Después pintará, plasmará sus propias imágenes y “habia veces en que el anochecer logrando la poca luz que entraba por la puerta de la pequeña sala me ponia a contemplar aquellos dibujos dandoles vida imaginariamente” (p.66)
             El Niño Irrenunciable
            El niño que pervivió en Salvador Valero fue, a su parecer, un niño infeliz, lo cual le hace soportable el acto de recordar.  El hombre viejo, desde su perspectiva, se complace en observar el duro tránsito superado, el esfuerzo del sobreviviente, la sensibilidad del padecido. 
            Salvador, a los pocos años de su edad, es el niño instantáneamente feliz por las veredas de la aldea, que se siente un héroe al trasponer el umbral del hogar en su primer mandado,  cuyas sensaciones de tarde espléndida comparará más tarde con la poesía de los textos escolares.
            En ese universo primigenio de creadores, diciembre gozará de una particularidad, que se trasladará con su alegría matinal, a algunas de sus pinturas, como el mencionado “Haciendo Hallacas para la Nochebuena”, pero también en “El Niño Dios que Nació en los Andes Venezolanos”, “Una Mañana de Diciembre en los Andes Venezolanos”, y seguramente, es la alegría que traslucen con su solaridad  “El Regreso de los Cantores”, y su par simbólico “Nocturno”:
“por los dias de nochebuena y pascua de año nuevo ivan tambien entre esos paseos  personas portando instrumentos musicales como eran cuatros, maracas, sinfonias de boca y a veces hasta acordeones  también algunos hombres llevaban guitarras estos cantavan a duo esas canciones romanticas que acostumbraban o se usavan en esos tiempos. Otro placer que sentia era oir aquella musica y aquellos cantos (p.49).
                La Madre Naturaleza
             Para Salvador Valero  la naturaleza es el modelo fundamental de la belleza, la armonía, la contemplación: 
 “Tan sólo mi dicha espiritual la he experimentado en la contemplación de las maravillas de la naturaleza como eso de mirar el cielo estrellado las noches de clara luna los atardeceres y anocheceres la visión de las montañas con sus piedras sus arboles y sus rocas y sus fuentes, los pajaros el sol y toda la naturaleza, tan solo me abruma la barbara crueldad de las gentes que siempre ha tenido contra los animales” (p.37)
             Recuerda en su autobiografía las fragantes y dulces guayabas de septiembre y octubre, las llamativas flores de paraíso,  amapolas o flores amarillas, todo un deleite para los sentidos del joven aprendiz.
             Los cantos de las chicharras en abril y mayo, de los sapos, los pájaros y los grillos le sugerían ideas místicas al niño que fue Salvador Valero.  En una especie de adoración panteísta surgió la sensibilidad estética que vibrará luego en sus realizaciones pictóricas.

"La quema de Judas"
Óleo sobre tela
77,5 X 51,5 cm
1965

             Sus Juegos
            El niño Salvador Valero jugaba edificando mundos breves, un pequeño arquitecto:  
 “mis juegos infantiles consistían en fabricarles a mis hermanas casas para sus muñecas y como yo veía desde la casa al pueblo con su iglesia quería imitar aquella iglesia me ponía a fabricar una en miniatura con barro gredoso y cascos de teja pero daba por resultado que havia veses que cuando caían fuertes invernadas aquellas iglesias se deshacían entonces yo viendo aquellas destrucciones me ponía a llorar y cuando el invierno y chaparrón pasava yo volvía porfiadamente a fabricar de nuevo la iglesia lo mismo pasaba con la fabricación de trapiches que la lluvia me los destruía; muchos de estos juegos los hacía  yo sufriendo los rigores del hambre y los negros presentimientos de ver que en la casa faltava el pan.  Desde la edad que tuve razón o mejor dicho desde mui pequeño he sido mui observador de las cosas de la naturaleza y en mi nació esas ideas casualistas que yo en mi mente formé como una mitología personal con hechos que yo inventé y di por reales” (p.38)
            El niño Salvador fue una ávido atesorador de piedras escogidas en la quebrada, tanteadas después en la oscura noche de su lecho, además “coleccionaba trozos de madera pequeñas, estampas de propaganda y papeles de toda clase”(p.42), que servirían de materiales explorables para su imaginación creadora.  Es el niño Salvador Valero, quien confiesa haber envidiado los volantines ajenos de los más grandes, colores irisados en fuga por el cielo.         
             En cambio, los competitivos juegos organizados por otros muchachos y muchachas como el concaleé, el merolico, el pumpuñete, la gallina ciega o el cabrito, por falta de malicia y timidez, no eran sus juegos favoritos.  No obstante, con sus hermanas gustaba jugar al pulpero, mecerse en las cabuyas colgadas de los árboles, e ir a buscar las dulces y refrescantes guamas en los sombríos cafetales.  A veces, jugaba al hombre trabajador, desyerbando la huerta de la casa. Y se enorgullecía de que las personas mayores lo reconocieran como tal, hombrecito de fundamento.
             Como en el caso del escritor trujillano Ednodio Quintero, es la infancia la patria de todas las evocaciones.  Los juegos son en el caso de Salvador Valero un combustible de evocaciones que se relaciona con la inventiva del artista en formación.  Son los niños aldeanos caballeros sobre caballos de madera, danzantes jaguares entre perros amigos.  Mágicos jinetes de la soledad.
             Padre del Casualismo
            El casualismo resume la teoría estética del pintor trujillano paradigmático.  Salvador Valero lo define así en el bello ensayo “El Casualismo. Arte Espontáneo Universal y Eterno”:
 “El casualismo  es todo lo que el ojo del observador ve en todas partes donde la materia existe quien observa por ejemplo la corteza rugosa de un arbol la forma de un ramaje  una piedra una roca un hierro herrumbrado una tabla manchada o mejor los pisos y paredes manchadas los roidos vestidos de algunas personas una piedra aspera lisa o musgosa en fin toda la materia que alcanza a ver el ojo de un observador nos sugiere formas tan sugestivas y maravillosas formas que supéran a muchos cuadros abstractos y de la pintura moderna  y hasta me atrevo a decir que esas formas van por encima de la metamorfoseada pintura de un Picasso, un Kandisnky o un Braque  que son esas maravillosas formas que vemos en las rocas en las piedras y en algunas tablas manchadas y hasta en los pisos de los baños y en las paredes sucias o en las telas que usamos para limpiar brochas y pinceles cuando estamos pintando cualquier cuadro y hasta en la misma paleta, cuando ella queda manchada” (p.150)
              Los ejemplos de casualismo abundan en sus propios textos: el niño que bebía el vermífugo, tendido en la cama, observaba el reboque de las paredes del aposento, y en la “superficie bronca veía sobresalir los trozos pequeños de paja mezclados  con el barro en esa variedad de prominencias veía  yo maravillosas figuras de gente y animales en distintas posiciones aquellas figuras eran tan reales para mí que algunas de ellas les ponía nombres de algunas personas de la aldea” (p.39)
             Aquellas inmersiones imaginativas no sólo se daban de ese modo directo sino que podían surgir de la mezcla de varios elementos diversos para producir nuevas imágenes, a modo de un efecto sinestésico de la imaginación infantil.
             El niño Salvador se deleitaba en los días de lluvia con los grabados de una historia sagrada y de una geografía,  pedía a sus hermanas que le explicaran el contenido, leyéndole las reseñas de los mismos. Luego la imaginación se desbordaba en:  
“las noches en que solian soplar vientos fuertes en que oia el ruido de los arboles de bucares guamos y pardillos que daban sombra a los cafetales o cuando caian lluvias livianas eso sucedia cuando me estaba largos ratos sin dormir en mi mente asociava aquellos ruidos con el recuerdo de los dibujos que habia visto en las geografias veia aquellos barcos navegando en un mar tempestuoso o parajes de Asia Africa o de America” (p.53)  
  Igualmente, el ruido de la quebrada le sugería imaginaciones particulares. Tal vez imaginaba la mudanza del Encanto desplazarse desde las altas y gélida lagunas parameras hacia cálidos y oscuros recodos.  
             Los grabados de Pierrot y Colombina vistos en uno de los libros que su madre guardaba en el baúl, lo sugestionan según su propia opinión:  
“por las tardes cuando mi madre barria el patio de la casa a la luz de aquellos crepúsculos yo daba rienda suelta a mi fantasía y haciendo comparaciones mentales respirando el olor agradable de las flores de buenas tardes y de otras flores que las había en el pequeño jardín de la casa entonces me parecía ver vagar por alli las figuras sonrientes de Pierrot y Colombina y no solo era Pierrot y Colombina los que yo me habia fabricado en mi imaginación sino hasta la figura de un payaso con visos de arlequín que tenía colgado de una cabulla el pulpero de la aldea él también me había sugestionado entonces yo tratava de copiar aquellas figuras dibujándolas en pequeños pedazos de carton para luego recortarlas con una tijera y colocarlas en un cajon donde tenia una pulpería de juguete” (p.56). 
            Su mente creadora va a sumar  las imágenes de aquellos personajes eternos de la Comedia del Arte con la música de flauta del señor Hipólito Sánchez, a quien había oído tocar, muy atentamente, durante una visita a Escuque.
             El casualismo es también el regalo que le hace  un muchacho de la aldea, llamado el Pelón: unos lápices de colores.  Es el  tesoro del Arco Iris en manos del niño Salvador Valero
             El artista explica, a través del casualismo, las supuestas apariciones milagrosas producidas por líquenes o por la forma de la mica,  citando el caso de la Virgen del Talquito, en Jajó; menciona las denominaciones metafóricas de muchos lugares naturales como el Iztaccíhualt o la mujer dormida azteca; la Peña de los Siete Colores y la Silla de las Ánimas en Escuque; las Pailas de Niquitao que igual podrían ser aplicables a lugares como las Tetas de la Cordillera Trujillana;  la Peña Lisa en la Sierra de Calderas; la Piedra de Sal o los Chorotes en Las Mesitas, o la desaparecida Piedra del Toro de la Otra Vida en la quebrada de los Cedros de Trujillo, la Virgen de la Paz –en su cueva- formas naturales que el imaginario popular bautizó de tales modos.
             A propósito del casualismo y la geografía trujillana, una descripción de Mario Briceño Perozo, en su “Historia del Estado Trujillo”, es elocuente:  
“El macizo montañés... es imponente. Sus moles gigantes que se entrelazan marcando un rumbo que comienza de suroeste a noroeste, en algunas partes se deprimen, en otras se alzan soberbia, majestuosamente; a medida que las cumbres emergen en el espacio toman las más diversas figuras, como una serpiente, una silla de montar, la culata de una escopeta, una torre, un gigante dormido, una cuchilla, un tigre, un cajón, una cabra, un gallo, un águila, un toro, un venado, una nariz, una virgen, una cruz y hasta unos pezones formidables, como las Tetas de Niquitao, que se elevan al norte en actitud de amamantar los astros en la brumosa inmensidad.”
             Pero el casualismo, según Salvador Valero, no se limita a la imaginación visual sino que también  se refiere a la imaginación estimulada por efectos sonoros:
 “los sonidos que producen los rios las quebradas cuando las mismas bajan precipitadamente donde haya piedras sobre todo cuando crecen por efectos de las lluvias  y la lluvia moderada o lenta cuando cae sobre los techos de las casas y sobre los arboles cuando por las noches en las partes altas corren por largas horas vientos fuertes en los campos se perciven sonidos extraños como notas musicáles  voces de personas y hasta gritos y gemidos” (p.157)
             Sugiere el origen de la creación de “La Mudanza del Encanto” por los sonidos que el agua produce en determinados lugares;  cita el ejemplo de las tempestades de viento, se oía en ellos los ruidos de aviones antes de que se conocieran; y la propia disposición de las estrellas y sus denominaciones zodiacales.  El casualismo va más allá de las formas manifiestas de la simetría de la piel de las peligrosas serpientes o de los cristales de nieve, aparecen como formas sobrepuestas o semiocultas “reservadas en su mayor parte para los que poseen un espíritu de observación” (p.160)
             El Retorno de lo Imaginario
            Salvador Valero sigue siendo en su expresión artística  perdurable aquel niño que vuelve a casa desde la escuela del pueblo: “mi madre me esperava en el corredor de la casa cuyo frente daba hacia el pueblo  habia veses que llevando la bolsa del libro terciado sobre mi iva cavilando por el camino cosas que tan solo existian en mi cabeza” (p.65).
            Al niño que fue Salvador Valero  le llegó en la escuela “la idea de pintar y dibujar” (p.65), y luego mocetón fue llenando las paredes del corredor de su casa campesina con sus inspiradas realizaciones visuales.  El padre Escolástico Duque lo motiva a emplear el óleo, a sabiendas, de las facultades del joven pintor campesino.
            Lo demás, lo realizado de su inquieta imaginación, lo podemos observar en el Museo Salvador Valero, en Revistas y en algunas colecciones particulares. A través de ellos no debemos olvidar esa patria común de lo inédito: la infancia.
            Escríbalo usted: sus pinturas y sus escritos son ventanas abiertas a nuestra imaginación, tome el pincel, el carboncillo, la flauta o el lápiz, si prefiere, o los ojos, el corazón. ¿Acaso escoja usted sólo la materia inaprensible pero trenzable de los sueños?  De cualquier modo: acompáñelo en esa senda infantil y madura de rehacer el mundo.
  
Ensayo ganador de la VII Bienal de Arte Popular "Salvador Valero" organizada por el Museo de Arte Popular "Salvador Valero" adscrito a la Universidad de Los Andes, en la ciudad de Trujillo. Noviembre-Marzo de 2001-2002.


PUBLICADO Y TOMADO DE :  


http://www.saber.ula.ve/liesr/escundun/salvado_valero.htm

http://www.museosalvadorvalero.ula.ve/referencial_salvador/biografia.htm

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