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JOSEFA SULBARÁN - ARTISTA POPULAR



 Josefa Sulbarán
imagen cortesía de Museo de Arte Popular "Salvador Valero"

"Paseo del Niño"
imagen cortesía de Museo de Arte Popular "Salvador Valero"


La ensoñación y el verde esplendor del universo estético de Josefa Sulbarán


Josefa Zambrano Espinosa

A Carmen Araujo, Sheyla Rosario y Carol Cañizares O’Callaghan, 
quienes con su quehacer iluminan a los Museos de Arte Popular 
“Salvador Valero” y “Bárbaro Rivas”.


Vos que sabés cantar, que estás en las hojas del cerezo,

– Ponéte de niebla, ponéte de espuma y riíto, decí:
"Vení de lejos, velo de lluvia, 
llegá sol,
y con la cola sobá esas pendientes, tocá
las piedras moradas".

RAMÓN PALOMARES, Paisano



Uno obedece siempre a los imperativos de su corazón, de ahí que hoy escriba sobre la pintora trujillana Josefa Sulbarán en homenaje a su octogesimoquinto aniversario.

Josefa Sulbarán ya no es aquella mujer que, al entrar en confianza, gustaba conversar dejando a un lado su característica timidez mientras le acariciaba la cabeza a alguno de sus perros, sino esta anciana cuya mirada triste interroga al horizonte en busca de los paisajes, las vivencias y leyendas que desde niña plasmó en sus cuadros.

“¡Ah rigor paisana! Paisana, paisanita, el destino nos juntó y la vida nos separó con eso de lo que pudo ser y no fue. Dejemos la conversa quieta pa’ más luego, ¿no le parece mejor?”.

Conversación que nunca pudimos sostener, aunque en el recuerdo las palabras de Josefa Sulbarán persisten envueltas en un aroma de mastuerzo niño, musgo y café; sólo tangible en los verdes, rojos, amarillos, blancos y azules omnipresentes en su singular universo plástico: Los Cerrillos.

Los Cerrillos, comarca vecina a Mendoza Fría en el Estado Trujillo, Venezuela, es el lugar donde Josefa Sulbarán ha vivido la mayor parte del tiempo desde que nació un día de diciembre del año 1923, hecho del cual da fe el poeta Antonio Pérez Carmona en La bella niña de ese lugar: “Su madre, María Virginia Sulbarán, le contaría en esos coloquios crepusculares, a la que ya era señorita primaveral y que sus amigas llamaban cariñosamente Josefita, que el parto de la fría madrugada navideña, fue harto difícil, doloroso, pleno de angustia en una terrible soledad, pues ella, o sea, la entonces moza campesina, con un coraje y valor extraordinarios, recurriendo a su fe en Dios y la Virgen, colocó la estera en el piso, para, sin ayuda de la partera, dar a luz la hermosa chiquilla de ojos azabache, cabellos de ébano y piel canela. Y no se habían dormido aún las estrellas con la aurora, cuando María del Rosario Sulbarán (la abuela), abría aquella puerta rústica, a objeto de buscar el vecino fuego, encontrando a la joven en el suelo, en la escena semejante al pesebre de Belén”.

Relato que sin duda influyó en la pintora para llevarla a hacer del nacimiento, y en especial el del Niño Dios, un tema recurrente en su obra; sólo que sus nacimientos no acontecen en un pesebre de Belén sino en medio del verdor esplendente de Los Cerrillos, tal como puede apreciarse en sus cuadros “Paseo del Niño”, “Celebración de Noche Buena” “Paradura Nocturna del Niño”, entre otros. Además, las circunstancias que rodearon el parto en que Virginia Sulbarán alumbró a Josefa no sólo han marcado su obra, sino también la devoción que con gran entusiasmo siempre ha manifestado sentir por la mujer que la trajo al mundo: “¿Cómo no haber adorado tan inmensamente a mi madre Virginia, si ella por poco no entregó su vida al darme la mía, en esa temerosa soledad, donde ocurriera el milagro bajo el poder de Dios y de la Virgen?”.

Y no es para menos, ya que en aquél difícil medio rural, Virginia, la madre, quiso brindar a su pequeña lo que la vida le había negado a ella: la educación; así que al alcanzar Josefita la edad necesaria, de la mano Virginia la lleva diariamente a la improvisada escuelita del señor Raimundo Montilla, para que éste se la enseñe a leer y escribir.

Con el general Eleazar López Contreras, luego de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, comienza en Venezuela una nueva era --sobre todo en las áreas sanitaria y educativa-- al decretarse en el año 1937 la creación de las escuelas rurales y, entre ellas, con sede en Los Cerrillos la Escuela Rural N° 3217, en donde Virginia Sulbarán se apresura a inscribir a Josefita, convirtiéndola en una de las primeras y pocas alumnas de la maestra normalista María Marbelina Castellanos.



De esta época Josefa Sulbarán recuerda, y así lo refiere en casi todas sus entrevistas, que Virginia, su madre, a pesar de la pobreza en que vivían, prefería que ella asistiera a la escuela y participara tanto en los juegos infantiles propios de las niñas como en los actos culturales programados en el calendario escolar, de modo que no la llevaba consigo --como hacían con sus hijos la mayoría de las madres campesinas-- para que la acompañara en las faenas del campo; por el contrario, le fomentaba el deseo de instruirse, la devoción y amor a Dios y la Virgen, y a San José, su santo patrono. Asimismo, le enseñó lo que con el transcurrir del tiempo se ha convertido en el lema de su vida: “Nunca hay que ser envidioso ni rencoroso, siempre hay que vivir sin amargura y con alegría, pues no hay nada más bonito que una persona amorosa y humilde”.

Este modo de pensar y sentir transformado en su filosofía de vida le ha permitido a Josefa Sulbarán creer en que el amor, sea éste filial, fraternal o erótico, es un sentimiento único, intemporal, al cual recrea en las imágenes y colores que dan vida a las escenas de “Retrato de Familia” y “Boda Campesina”.

En aquel tiempo el silencio y los colores serían sus mejores amigos. Josefa recuerda que su mayor satisfacción en la escuela la obtenía en el momento cuando se quedaba sola, dibujando calladita en su pupitre. "Desde muy pequeña --le cuenta a Vanessa Andara en la entrevista que le concedió para el diario El Tiempo en febrero de 2002--, sin saberlo desarrollé una gran aptitud para la pintura; a pesar de que nunca había visto a nadie pintando. Mientras mis amigas jugaban con muñecas, yo dibujaba sobre la hoja de un árbol que se llama Cariaco, que al finalizar destruía para que nadie viera lo que hacía. Yo deseaba pintar pero me daba vergüenza con las personas".

A Josefa Sulbarán --al igual que a Antonio José Fernández “El Hombre del Anillo”-- la timidez y el temor a la burla y el rechazo del entorno les lleva a destruir sus primeras obras. Aunque en el caso de Josefa no es su mano armada de un martillo la que destroza la creación tal como lo hizo “El Hombre del Anillo” con sus esculturas de argamaza y cabilla, sino que es la naturaleza del material vegetal empleado por ella para dibujar la que se encarga de dar fin a su efímera obra.

Igual destino sufren sus primeros frescos pintados en las paredes de las casas donde habitaba. En ellas, usando los carbones del fogón y los creyones de cera que traía de la escuela, Josefita pintaba sobre las paredes todo cuanto veía: animales, plantas, casas, personas, pero tal como le ocurría con las hojas, cada vez que dichas paredes se descascarillaban y eran de nuevo encaladas, su obra desaparecía.

Josefa, ya adulta, en silencio, siempre en silencio, y en la penumbra de su habitación pinta como lo hacía cuando niña, hasta el día en que usando los creyones de a medio pertenecientes a Auxiliadora, su única hija, dibujó su primer “Los Cerrillos” sobre la tapa de una caja de zapatos, obra que, sin quererlo ella, fue descubierta por el párroco de Mendoza Fría.

Al respecto, en las entrevistas concedidas tanto a Daniel Acosta Montes como a Vanessa Andara, Josefa expresa que el sacerdote la llamó y le dijo: “Mirá esta niña, ¿si es verdad que esto lo pintates vos?”. A lo que ella, muy asustada, le respondió afirmativamente. “El sacerdote --cuenta Josefa-- me pidió que le pintara uno igual para él, pero yo nunca se lo llegué a hacer, aunque ese ha sido uno de los momentos más felices de mi vida, ya que ese día supe que lo que hacía no sólo le daba alegría y satisfacción a mi corazón sino que también podía gustarle al de los demás”.

A partir de ese momento comenzó a concebir la idea de pintar de nuevo “Los Cerrillos” en un cartón más grande y así, siempre en silencio y en la penumbra de su habitación, usando los creyones de a medio y sobre un cartón piedra, comienza a pintar Los Cerrillos, dando forma y color no sólo a las imágenes que ven sus ojos sino a aquellas que pueblan sus sueños. Trazos y ensueños van coloreándose hasta transformarse en un paisaje fácilmente identificado como “Los Cerrillos” por sus paisanos, quienes alabaron la obra el día que ella la colgó sobre la pared del comedor de su casa el 24 de diciembre de 1967.

En Josefa Sulbarán hay que resaltar que jamás padeció el rechazo del entorno social sufrido por sus coterráneos Antonio José Fernández “El Hombre del Anillo” y Salvador Valero; por el contrario, en ese diciembre de 1967 su comunidad y grupo familiar se disputaron por el privilegio de exhibir en las paredes de sus hogares el dibujo en cartón piedra, pues todos creían verse retratados en el medio de ese otro paisaje tan parecido al natural y circundante donde transcurría la rutina sus vidas; paisaje que ante el general asombro, Josefita, una de ellos, ha sabido recrear e iluminar.

Como en los pueblos las novedades vuelan en el aliento de las voces, llegó a oídos del ingeniero José Domingo González que una muchacha del campo había hecho un cuadro donde todo lo que se veía era igualito a Los Cerrillos. Intrigado visita la humilde casa de Josefa y queda impresionado ante la belleza del paisaje, y le promete regresar. Promesa que cumple en compañía del poeta Carlos Contramaestre, a quien se debe el descubrimiento de los más grandes artistas plásticos trujillanos (sin ahondar en este trabajo sobre la clasificación que de ellos hace Raúl Díaz Castañeda, para quien los dos primeros son ingenuos y populares las dos últimas, situando en entrambas vertientes, por participar de una y otra, a Rafaela Baroni, tampoco descubierta por Contramaestre): Salvador Valero, Antonio José Fernández “El Hombre del Anillo”, Eloisa Torres y Josefa Sulbarán.

“Contramaestre, con la personalidad que le caracterizaba --le cuenta Josefita a Daniel Acosta Montes-- me dijo: ‘Josefa, quiero un cuadro como ése’. Se refería al cuadro que sobre Los Cerrillos yo había pintado con creyones sobre cartón piedra para exhibirlo en el comedor el día del Niño Dios. Yo me asusté mucho cuando llegó este señor a mi casa, y me preguntó por el cuadro. Él pasó al comedor por la pieza y de inmediato me ofreció comprármela, pero yo le dije que no podía vendérsela porque yo la había hecho para adornar mi hogar. Entonces él me dijo que en unos días pasaría a buscar uno que yo le hiciera. Yo, por supuesto, no pensaba hacerlo; sin embargo, a los pocos días me envió unos óleos y pinceles, y entonces yo me alegré tanto de ver aquello que nunca antes había visto. Así que de inmediato comencé a realizarle el cuadro en agradecimiento”.

Y fue de este modo como nació “Los Cerrillos”, la obra donde Josefa Sulbarán aprehende con sus pínceles el imaginario, el verdor y la luz de la montaña trujillana, plasmando así sobre el lienzo el paisaje que, entre penumbras y duermevelas, ha venido soñando desde niña. Hierofanía polícroma que inicia en Sulbarán ese “existir en entero” de que habla Guillermo Meneses, quien en El falso cuaderno de Narciso Espejo afirma: “Tengo la convicción de que el individuo no existe en entero si no llena la parte que le corresponde a su pueblo, si no sabe extenderse hasta su territorio comunal, hasta su ejido”.
Josefa Sulbarán no sólo ha sabido extenderse hasta ese territorio comunal que le es propio, sino que ha convertido su ejido en un singular cosmos, en un estético y particular universo iluminado por el sol de su mirar. Mirada que reflecta la luz haciendo más rojiza la tierra de los cerros, al tiempo que oscurece el verde de los árboles que se yerguen en busca del azul que, esa misma luz, hace más brillante en los cielos de los paisajes creados por Sulbarán.

En ellos, al recrear su comarca, Josefa da la vida tanto al diario quehacer del campesino trujillano como a los acontecimientos del pueblo, sean estos de orden religioso, familiar, histórico o cultural. En sus paisajes el verde se transforma en esplendor de esperanza, de naturaleza en perpetua renovación, de ahí que la pintora exprese: “A mí el verde me hace muy feliz y por eso lo utilizo bastante; además, amo los estados completamente naturales y lo que en ellos se encuentra… Me gusta proteger a todos los animales y seres indefensos que habitan en esta tierra”.

Tierra de humo y neblina, de suqueses que parpadean sus intermitencias amarillas en la negrura de las noches cuando Josefa Sulbarán sueña con el verde de los sembradíos siempre en flor y con el turquí de esos cielos en los que la mirada se pierde en busca de lo anhelado y eterno, y que ella, gracias a su talento y sensibilidad, ha sabido hacer suyos en cada una de las obras que ha pintado a lo largo de sus recién cumplidos 85 años de edad. Obras galardonadas con importantes premios que le han permitido convertirse en una de las más reconocidas y originales exponentes del arte popular venezolano, sin que por ello su bondad de alma, candorosa timidez y humildad hayan mermado en absoluto, permitiéndole así, a pesar de su delicado estado de salud, continuar siendo por siempre La bella niña de ese lugar: Los Cerrillos, su centro del mundo, su universo del ensueño, el color y la luz.

video del Ministerio del Poder Popular para la Cultura - Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio. Producciòn y Conceptualizaciòn: Mercedes Longobardi. Fotografìas: Ivor Lugo. Logistica: Carolina Lorca/ Pedro Torrealba. Asistente de Campo: Peter Querales. Camarògrafo:Ruffo Contreras. Ediciòn: Alexander Oidobro. 

ANTONIO JOSÉ FERNÁNDEZ ,"El hombre del anillo" - ARTISTA POPULAR




EN "FABULADORES DEL COLOR" DE MARIANO DÍAZ, 1988



A. J. Fernández, "El hombre del anillo": la magnífica y atroz bizarría del imaginario trujillano



Para Carlos Yusti y Rafael Rattia, por el dominio del arte
de "tender un extraño puente entre el mundo
de las imágenes y el de los conceptos".
"Ah, qué difícil es separarnos de aquello
que hemos hecho, sea cosa o sueño,
incluso cuando lo hemos destruido con nuestras propias manos".
José Saramago, La Caverna




Entre polvo y herrumbre la calle busca el infinito en medio de las arboledas, el calor y la luz del sol de los araguatos. La casa de paredes desconchadas, puerta de aldaba grande y tranca de algarrobo, pinta de sepia mi memoria.

Un "Ritorna vincitor" —a todo volumen— castigado por una aguja sucia que se arrastra sobre el acetato, impide al único habitante de la casa escuchar mi llamado; cuando por fin lo hace, tengo ante mí a "El Hombre del Anillo".

Desnudo de la cintura para arriba, cara de rasgos faunescos y con el enorme anillo de piedra en el anular de la mano derecha, Antonio José Fernández (1), "El Hombre del Anillo", me preguntó con recelo:
—¿Quién es y qué es lo que desea?
—Buenas tardes, señor Fernández. Soy Josefa Zambrano, he visto su obra y quise venir a conocerlo—, le respondí sin demostrar el temor que me inspiraba.

Respuesta que a lo mejor le gustó porque, mientras limpiaba una silla para ofrecerme asiento, comenzó a contarme: "No me gustan los intrusos ni los averiguadores, ¿sabe? En días pasados vino una periodista de Caracas y tuvo la falta de respeto de preguntarme en qué gastaba los cobres. No le respondí sino que agarré aquel machete, lo rastrillé en el suelo y le dije que no teníamos más nada de qué hablar. Se fue enseguida. Igualmente, todos aquí me tiran piedras en el techo porque me gusta escuchar la opera, Verdi. Usted lo conoce, ¿no? ¡Ah!, pero yo sí tengo que escuchar a juro sus radios y vulgaridades".

Los cuadros terminados están sobre la mesa, mientras los recién pintados se secan alineados en el piso. En el patio enormes formas de cemento esperan por las palabras, las manos y la pintura del demiurgo para transformarse en policromos seres. Bajo un árbol de mamón los gatos reposan, se lamen, juegan, mueven sus colas y lanzan zarpazos; además, son tantos como las gallinas que se ven al fondo tras la malla de alambre.

Mis ojos recorren con avidez todo lo que me va mostrando: "Esas dos esculturas tamaño natural me las encargó doña Anita (2), la dueña de la "Sala Ocre" de Caracas, y a estos cuadros los mandará a buscar doña Sofía (3), la del museo.

"¿Usted las conoce? No me gustan las culebras, por eso tengo los gaticos y las gallinas. Ese que ve allá es muy bonito, pero nació sin cola". Trato de seguirlo, mas sin querer mis ojos se detienen sobre las hojas y cartulinas escritas que tapizan las paredes de la sala.
—Perdone, señor Fernández. ¿Podría leer algunos de los escritos pegados en la pared?
Fue esta pregunta la que en una tarde de 1977 me permitió descubrir los poemas, reflexiones, cuentos y fábulas originales de Antonio José Fernández.
Constatar que él, como ya lo había dicho Juan Calzadilla, "es un caso excepcional no sólo por ser el primer escultor ingenuo, sino también por el dominio con que sabe expresarse en diferentes medios: la madera, el cemento, los colores, la piedra"; materiales a los cuales, a partir de ese momento, podían añadirse el lápiz y el papel.

"En efecto —escribe el crítico Francisco Da Antonio en el prólogo A. J. Fernández,El Hombre del Anillo. Poesía, Reflexiones, Cuentos (4)—, cubriendo los muros de su casa en Carvajal, allá en Valera, ‘los papeles’ de Fernández permanecieron semiolvidados en la penumbra de las viejas paredes, sin que ninguna mano se atreviera a develar el secreto de aquellos signos milagrosamente preservados a lo largo del tiempo que media entre 1970 y nuestros días. Serían la devoción y la persistencia de Josefa Zambrano Espinosa, joven abogada trujillana, quien no sólo se dedicó a transcribir amorosamente el testimonio del pensamiento escrito del artista, sino quien con idéntica pasión, diseñó y puso en marcha el proyecto que ahora culmina con la edición de este trabajo".
"No hubiese sido completo —continúa Da Antonio—, empero, si en mérito de tan importante hallazgo, hubiésemos pasado por alto la significación plástica de Fernández en el ámbito de la expresión ingenua de nuestro país y, en particular, las secuencias que enmarcan su incorporación definitiva a esa historia en cuyo punto de arranque situamos la entrevista que realizara en 1965, entre el bullicio del mercado valerano, el Dr. Carlos Contramaestre a quien debemos no sólo la presencia actuante del Hombre del Anillo, sino también la promoción y consolidación de su firma".







Efectivamente, en 1964 Carlos Contramaestre, su descubridor, lo encuentra en aquel puesto de vendedor de frutas y verduras, y, en medio del alboroto del mercado de Valera y la atención que le dispensaba a los clientes, realiza la famosa entrevista a que se refiere Da Antonio, la cual infelizmente no pudo ser reproducida en elvernissage de su primera exposición en la galería "El Techo de la Ballena" de Caracas, el 14 de noviembre de 1965. En ella Fernández, aunque manifiesta no recordar en ese momento ninguna de sus obras en prosa, reafirma su inclinación por la poesía: "No soy lo que llaman un declamador. Sí, he escrito unos versos que llevan por título ‘El pensamiento humano’, o sea, el pensamiento que me viene a la memoria, muchas veces en la noche y en el día. No tengo hora para la inspiración".
Y a la pregunta de Contramaestre: "¿Tienes impedimento en recitarme uno de tus versos, aunque sean tres cositas para el público que hoy llena esta galería, este gran mercado que podría ser "El Techo de la Ballena?". Respondió: "Voy a recitar unos cortos versos que doy por título (no sé si estoy equivocado) ‘Llanto y lamento’: Los llantos y lamentos no despiertan a los muertos/ de su eterno y profundo sueño, / porque todo en este mundo/ no es más que la fantasía y el engaño/ en que vivimos los seres humanos".

Mucho antes, el 25 de julio de 1958, el diario "El Nacional" de Caracas, publicó: "Un escultor ingenuo, autodidacta e intuitivo descubren en Valera. Es vendedor ambulante, aplica inyecciones, escribe poesías y ahora se le ocurrió modelar estatuas en cemento". En esa crónica se decía que, según Antonio José Fernández, sus esculturas y poemas eran "obras del capricho" porque se había inspirado "en una ocurrencia que vino a su mente una tarde crepuscular".

Ha pasado mucho tiempo desde que se editó parte del "importante hallazgo" de que habla Da Antonio. Sin embargo, aún en 1998 Juan Calzadilla en su ensayoBiografía en breve de un artista verdadero (5), hace referencia a los "extensos poemas que mantiene inéditos" en su casa de Carvajal, estado Trujillo, este artista galardonado en 1997 con el Premio Nacional de Arte Popular "Aquiles Nazoa", y cuya obra, además de haber sido expuesta en las más importantes galerías y museos de Caracas, ha sido objeto de puja en la "Sala Mendoza" —la pionera de las subastas venezolanas— y de gancho en la de la galería de arte "Odalys".

Pero mayor cantidad de años ha transcurrido desde el aciago día en que estuvo a punto de ser entregado a la policía por haber realizado su primera escultura: "Mi primera escultura —cuenta El Hombre del Anillo— fue un muñeco de barro que hice a los quince años. El muñeco tenía una cara larguirucha como la mía. Un señor que era hacendado en Juan Díaz, llamado don Salomón, me quiso llevar a la policía porque, según la gente, había quedado muy parecido a él. Quizá no lo hizo por consideración a mi padre que trabajaba en su hacienda como albañil".
Del infausto momento cuando, acorralado y enloquecido por las rechiflas de sus vecinos vendedores del mercado valerano, destruyó a martillazos toda su obra plástica para no continuar viéndola convertida en el hazmerreír de sus paisanos.

Del humillante rechazo que recibió de los profesores del liceo de Valera, quienes, por ignorancia y falta de sensibilidad, no sólo se negaron a aceptar la bondadosa donación de una de sus esculturas sino que se burlaron de él y su obra, diciéndole: "¿Cómo se le ocurrió hacer una cosa así tan fea? Usted, está loco si cree que vamos a exponer en el liceo ese adefesio". Palabras y risas que le obligaron a tomar las decisiones de destruir nuevamente su obra, de no volver a esculpir y de retomar su puesto de vendedor de frutas y verduras en el mercado.
Afortunadamente para el arte, Fernández contó con el apoyo y el estímulo que siempre le brindó Salvador Valero, el otro gran pintor trujillano.

Valero, el "Último Imaginero" según Contramaestre, le aconsejó que nunca debía hacerle caso a los que despreciaban su obra; por el contrario, debía dejar "que la bestia ruja" y, desde luego, esperar por su descubridor. De ahí que le escribiera (6):

" (...) Paso a decirle que me mueve hacerle esta carta con el fin de recordarle lo que hace tiempo le dije sobre sus trabajos de pintura y escultura que ud. en mala hora ha destruido y aun intenta destruir guiado unicamente por el desaliento que ha cundido en su animo por causa del desprecio que unos pocos espiritus ciegos han hecho de sus obras (...) Le aseguro que esos con todo su barbarismo no pueden penetrar en lo hondo de nuestros espíritus para arrancar lo poco que ellos contengan de eso que para nosotros es algo de divino encantamiento que sale a la luz física como un mensaje de formas y colores venido del más allá y de lo sutil".
"De modo que mi apreciado amigo Fernández la digo a ud. y le repito esta misma sugerencia aprovechando la agradable noticia que he tenido o que me ha llegado de que nuestro buen amigo el doctor Contramaestre en buena hora lo ha descubierto a ud. al tener esta tan grata noticia he supuesto que su animo en su apocamiento y desastroso decaimiento en que lo dejo postrado el desprecio que hizo de sus obras un minúsculo numero de espiritu velado hoy debe estar reaccionando. alentado y fortalecido ante la presencia de ese arqueologo espiritual para su bien a desenterrado sus obras".
"En tiempos pasados le aconsejé yo para que no se dejara guiar por el desanimo y desaliento que el dia llegaria en que sus obras serian apreciadas por personas poseidas de sensibles y claros espíritus, de modo que mi amigo Fernández hoy que piso ud ese primer escalón procure subir otro y otro. suba con sus piedras. con sus tablas. con sus cartones y con sus lienzos y desde lo alto no volverá a ver a quienes lo despreciaron en su obra".








Ascenso que, como un reto, comenzó a partir de 1968, según lo testimonia Contramaestre: "Inmediatamente de su exposición caraqueña aparecieron tres letras rojas en su casa: AJF. Iniciales que significaban un reto abierto a la mediocridad, una toma de conciencia en un medio hostil, la viva respiración de un hombre que estaba medio muerto. Ahora A. J. F. era el Hombre del Anillo. No era más el verdulero. Con la venta de frutas en el mercado de Valera se había echado muchas cuentas encima, prefirió abandonar su antiguo oficio.

Porque ya la escultura era su camino definitivo, no era una forma más de emplear los ratos de ocio, tampoco era una forma de provocar o incitar un diálogo inútil con el público local; como cuando ensayó llevando al mercado local un trabajo suyo ‘un trabajo fúnebre, un ángel’, para que lo vieran. Ahora se sentía valorado plenamente, poco importaban las burlas, los desaires. Sabía que una batalla había comenzado, le animaba un solo deseo: avanzar. Una nueva energía se había apoderado de él".

Energía creadora, infatigable, que le ha permitido develar los arcanos de la palabra, la madera, el cemento, el óleo industrial, la cabilla, al tiempo que continúa, como también dijo Contramaestre, "cultivando las virtudes curativas de la Flor de Paraíso, protegido por su descomunal talismán".

Dos años después, en 1970, comienza a escribir esos "pensamientos que le vienen a la memoria" y a empapelar metódicamente con ellos las paredes de su casa. Puede hacerlo gracias al éxito de sus dos primeras exposiciones, las cuales le permitieron abandonar su puesto de vendedor en el mercado de Valera y dedicarse exclusivamente a la escultura y la pintura; por lo tanto, ya no tiene necesidad de usar "los papeles, aunque estuvieran escritos," para envolver las verduras que llevarían los clientes a las cocinas de sus hogares.

Son estos mismos "papeles" los que transcribí —guardando la ortografía y sintaxis originales— y ordené, de acuerdo a su tema y forma de expresión literaria, en poemas, reflexiones, fábulas y cuentos, de los cuales seleccioné e incluyo aquí a título ilustrativo in extenso o en fragmentos.

POESÍA

La poesía está presente en todos y cada uno de sus actos, pues en Fernández la soledad cotidiana compartida con sus gatos y gallinas se trasforma en la soledad generadora de una obra, tanto plástica como literaria, que no es otra cosa sino, como dice García Montero, "dos soledades juntas y una manera noble de contarnos la vida".

Vida de la cual, con espontaneidad y belleza, trata de develar sus más entrañables misterios; de aprehender todo el vigor que le es posible, para así, imprimir al universo creado por él el soplo mágico, onírico, delirante de su hacer y decir.

Signada por un estilo absolutamente ajeno a las academias, la creación de Fernández es un pensar y un sentir que se imponen a las circunstancias y al medio, pues, "forzosamente autodidacta —como lo expresa Calzadilla— crea por impulso, y su gran memoria visual le permite suplir sus carencias técnicas con una gran dosis de encanto y fantasía".

De ahí que su fuerza esté en su absoluta libertad de creación, en su visión interior colmada de imágenes y colores, en la posibilidad de expresar sus sentimientos y puntos de vista; pero sobre todo, en ese "no ponerse a salvo de sufrir la inacabable persecución" de que habla María Zambrano.

Así, en un texto escrito el 5 de marzo de 1978 dice: 

"No temo a la Hoscuridád porque de ella vengo y para ella buelbo; y nuestras ydeás probienen de la Hoscuridád (...) Y el Motor de la vida está dentro de esa Hoscuridád por eso Llo no la desprecio porque seria temer de si mismo".

¿Acaso no se está en presencia de t o a p e i r o n de que habla Anaximandro? ¿Es que acaso no todo proviene y retorna al innombrable ilimitado, origen y fin de todas las cosas? Fondo tenebroso que todo lo contiene e iguala en lo más recóndito de su infinitud. Oscuridad que evoca a las sombras abisales del caos, de la nada, pero que, gracias a su aliento de hacedor, trasforma en luz e imagen, en verbo que nombra y crea, pues, en definitiva, el apeiron de Anaximandro no es otra cosa que lo "sagrado a revelar", como bien lo expresa, una vez más, María Zambrano.
En otro texto de fecha desconocida, íntimamente relacionado y titulado "La Fuente Seca", escribe: "O de aquella fuente que un tiempo existió pero hoy de esa fuente sólo queda tristeza y nostalgias al verla con esos profundos y misteriosos pozos secos; como pareciendo más bien sepulturas, que al ser humano causa amarguras(...) y ya esa fuente no puede dar agua al viajero ardiente, ya no oimos su sonido; porque sólo olvidada ha quedado y asi la vemos seca misteriosa como una fosa de un camposanto y hoy nos dá espanto de ver sus profundos vacios".

Fernández logra asociar nuevamente a los contrarios: vida y muerte, alegría y tristeza, ardor y frescura, humedad y sequía.

Para un hombre que "cultiva las propiedades curativas de la Flor de Paraíso" y que ha hecho suyos los poderes apotropaicos de una piedra de río transformada en anillo, no pueden ser extrañas las virtudes de la fuente que, junto al Díctamo Real, nace y se esconde en las montañas, esperando por aquellos que anhelan saciar en ella su humana y ardiente sed de juventud y sapiencia. Mas para nuestro infortunio, la fuente de la vida, al igual que la planta, ha perdido su mágico poder y se ha transformado en pozo Airón de donde nada fluye, salvo silencio, vacío y muerte.

Igualmente, en un largo poema también de fecha desconocida y titulado "Noche De Tormento", Fernández se pregunta: ¿Es acaso esta noche tan tormentosa y angustiosa, como acaso es la fosa hoscura?

Angustia existencial que recurrentemente le induce a asociar la oscuridad con la muerte, pues la Noche, como él lo ha intuido, es hija del Caos y madre del Cielo y la Tierra, y por lo tanto viene a ser la generadora y recipiente no solo de sus incertidumbres sino también de sus delirios y dolores:

 "¡Oh ruidos extraños, / no atormentes más mis vidas. / Oh, noche de tormento y lamento/ no me perturbes más aunque esté despierto,/ dejadme ya mi cuerpo quieto/ no me atormentes más mi herida/ dejad quieta ya mi vida,/ cesad ya tu cruel tempestad, / tened de mi piedad (...)" ; de sus ensoñaciones: "Ay, noche tempestuosa,/ no seáis tan odiosa/ no agites tanto las olas del mar,/ déjame mirar del jardín/ las bellas flores/ y contemplar de ellas sus colores. Dejad que las lindas mariposas/ -tan hermosas- / se acerquen a mi lado, / aunque yo solo sea un árbol talado (...)"; de sus temores: "Dejad que mis ojos sean de la tarde sus despojos, / ya no causes en mi tanta amargura/ no seas tan hoscura. / Quitad de mí tu manto/ lleno de espanto, / y tan hoscuro, /Pareces el muro fuerte del cataclismo/ que quiere convertir todo en lodo (...)" 

y, desde luego, de las traiciones de que ha sido víctima: "y luego despertar y recordar con mi ilusión, /a aquella infiel/ que para mí fue la hiel por su traición".

Este poema es fundamental para descifrar la atormentada temática de su obra plástica, vinculada reiteradamente con la figura de la mujer, los celajes y sombras, el fuego, las mariposas y el bullicio.
La mujer, uno de sus temas favoritos, no siempre ha sido la imagen de alegre colorido que aparece en el retablo "Luz en el camino" (1980) o en las humildes campesinas vendedoras de flores, frutas y gallinas de sus esculturas de esa misma época, sino que por el contrario, "el tema de la mujer, como expresa Da Antonio, aparece como una constante, como el centro de gravedad de su creativa.

En Fernández deviene frecuentemente en obsesión prohibida (...)".

Otro tema estrechamente relacionado con el anterior es el de las mariposas.

Aunque objeto de sus ensoñaciones, para él las mariposas son el símbolo de la veleidad; de la belleza y alegría fugaces que se consumen en la llama. Así, "en el desarrollo del ‘Tríptico de las Mariposas’ (1969) —expresa Da Antonio—, el proceso parece conducir de lo referencial en el ‘Jardín de las Mariposas’ y aún, si se quiere, en ‘Mariposas de un Recuerdo’, a las tensiones de lo expresivo en "Sombras de Tormenta". Este último panel podría insertarse en el ámbito de una obra que Fernández ni tan siquiera conoce, la pintura de Willem de Kooning".

REFLEXIONES

Dentro de sus Reflexiones existe un texto titulado "Sombras del olvido", en el cual expone y analiza la condición indeseable en que se encuentran muchos ciudadanos tanto dentro de su comunidad como fuera de ella. Situación inaceptable por ser Venezuela un país con una altísima renta petrolera, pero agobiado por la ignorancia y la pobreza que, gracias a la incapacidad, negligencia y corrupción de los gobernantes, padecen sus pobladores.

Fernández, el artista que ha soportado el desprecio y la incomprensión de la comunidad donde le ha tocado vivir y crear, es el mismo hombre que observa, analiza y con sensibilidad social, en fecha 15 de diciembre de 1975 escribe:

"Deambulan por las calles de nuestra patria muchos seres humanos que andan a la voluntad del Señor, esperando que una mano generosa les dé un mendrugo de pan o una limosna para saciar su necesidad.
Muchos de éstos seres están olvidados de sus familias, los cuales a veces son pudientes pero por pretensiones se olvidan de ellos, que nacieron con defectos físicos ó mentales.Otros es porque son gente de pocos recursos económicos y no pueden ver de ese ser que deambula por la calle solicitando una limosna.Otros porque no tienen trabajo, no consiguen dónde ganarse el sustento del día y por último, los que por ciertas circunstancias o por sinvergüenzas se tiran al abandono por decepciones recibidas y se entregan al vicio, y hoy en día ya están alcohólicos.Muchos seres que deambulan por las calles de nuestra patria, presentan malos espectáculos ante el público, sus carnes, sus úlceras, su miseria física y moral, así los vi yo en los alrededores del Mercado Municipal de la Roma Trujillana, ya. que dicen que Valera es la Ciudad de las 7 Colinas, así dicho Mercado parece más un Manicomio que un Mercado.Estos seres no tienen la culpa y como ellos hay miles que andan por las calles de nuestra Patria, esperando la ayuda asistencial, pero para que esto suceda habrá que ofrecerle una promesa a la Virgen de los Milagros, y eso que nuestro país es uno de esos en los cuales se habla a cada rato a través de los medios de comunicación (por Radio, los periódicos), de los millones de millones para asistencia social, miles de millones para educación.

Yo pregunto ¿qué se harán esos millones? pues muchas personas van al Hospital a buscar asistencia y no los atienden y sí es nuestros niños, muchos no estudian porque en las escuelas no hay cupo, porque sus padres están sin trabajo y no tienen para saciarles el hambre, mucho menos para comprar los útiles escolares.


Pero en nuestro país se gastan miles de millones en hacer conferencias y en hacer agasajos y en paseos dizque a ir a estudiar las tecnificaciones de otros países, pero todo parece más bien que sirve para llenar las arcas de los Bancos Internacionales, por tanto mientras esto se hace, se debería mejor ayudar a la nueva juventud, los niños de hoy, los hombres del mañana, la nueva generación, creando bastantes centros de estudios, agricultura y ganadería, enseñándoles de acuerdo a lo que cada niño aprender.

También los miles de alcohólicos y pordioseros debieran ser atendidos
en centros asistenciales bien equipados porque para eso nuestro petroleo produce muchos millones de barriles y ahora, que cada venezolano tiene derecho a unos cuantos barriles de petróleo porque para eso fue nacionalizado, mayor razón tendré yo y ojalá que todo lo dicho se cumpla y hay que ir a ese te vez, ofrecerle una promesa a la Virgen de los Milagros".

Texto palpitante —explicativo por sí mismo— que en su lúcida vigencia expone descarnadamente los infortunios de un pueblo cuyas esperanzas siempre fueron y son victimadas por la violencia de la demagogia oficial.

MORALEJAS

En sus Moralejas se nota la influencia que ha sembrado en él la lectura de las Sagradas Escrituras, en especial la del Libro de los Proverbios: "Dejad que la tempestad venga y agite los árboles,/ porque así morirán los malos gorgojos./ No eches leña al fuego,/ no critiques la vida ajena, no combatas la injusticia con la injusticia, no combatas la violencia con la violencia. Usa siempre la fuerza intelectual y no uses es la fuerza bruta, porque es la fuerza de los cobardes".
Fernández no se ha contentado con los consejos de Salvador Valero sino que también ha hecho suyas las sentencias de Salomón. Ya no es el hombre desesperado y humillado que destruye lo que él mismo ha creado; por el contrario, ahora sabe que la intemperancia no es la mejor arma para combatir la tempestuosa y "torpe crítica de los que nada saben de arte". Sabe que un demiurgo —y él lo es— es el fundamento del universo que crea, por eso primero pone orden en sí mismo y luego organiza el mundo circundante. Ha aprendido que "Después del bullicio viene el hastío/ y después de las alegrías/ Vendrán las tristezas/ Y el arrepentimiento", de ahí que deba "ajar su vanidad", situarse más allá de los contrarios y crear esa unidad que trasciende el tiempo: la obra de arte.

FÁBULAS

Así como los imagineros del siglo XIII se inspiraban en las fabliaux para esculpir los medallones y los relieves satíricos de las sillerías del coro de las grandes catedrales europeas, sus fábulas recuerdan las antiguas fabliellas que forman parte de la tradición oral del campesinado trujillano.
En las zonas rurales trujillanas donde el analfabetismo alcanza cifras alarmantes, la mayor parte de las consejas, leyendas, oraciones, ritos agrícolas, costumbres familiares y locales se hacen a través de la tradición oral. De ello se encargan los de mayor edad, con gracia para contar y memoria para recordar, y como cultura e instrucción no son términos idénticos, estos depositarios del saber oral, según dice Juan Goytisolo, pueden ser y a veces son más cultos que algunos de sus paisanos que han tenido acceso a la educación formal.
Fernández elabora sus fábulas con lo que ha visto, leído u oído. Como es tradicional, sus personajes son animales, y basándose en hechos que han acontecido en su medio o que ha conocido a través de la radio, los periódicos u otras personas, desarrolla una historia de la cual se deduce una moraleja que sirve de enseñanza.

Así Fernández, como Florián, narra con mucha gracia la historia del Gato y los Ratones:

"Una vez dos ratones hambrientos encontraron un pedazo de queso, uno de los dos que era un poco "agalludo" y quería todo el queso le tocara para el solo.
Así entre ambos se formó una acalorada discusión y estando liados en la misma, se apareció un gato, el cual también lleno de hambre se les abalanzó encima con sus garras y los devoró.
Cuando el gato estaba terminando de Comerse los dos ratones, apareció un ratoncito muy chiquito, quién lleno de orgullo y alegre porque se encontró el queso que los otros habían dejado, piensa para sí:
— Que felicidad es la "Papa limpia", nadie sabe para quién trabaja, ojalá sigan dejando queso. En fin los quesos no se acaban y el que diga que no deja quesos es un tonto.
Ahora el gato que ya había terminado de Comerse los dos ratones se dice también a si mismo:

— He debido comerme el queso, pero no hay que ser tan avariento, además, si no hubiese dejado ese pedacito de queso, ese ratoncito no hubiese llegado y, esa es una presa que tengo para más tarde y hay que dejar algo para el mañana y así se colabora con todos los que le gusta dejar sus quesos.
El ratoncito al oír esas palabras, dice:
— Ey gato tonto. No me comiste.
A lo que respondió el gato, estas palabras:
— Ratón tonto, no te alegres mucho porque lo que no te pasó hoy te puede pasar mañana y no te alegres por lo que les pasa a los demás. No hay que echarle basura a la fuente seca, ni el que se encuentra en las alturas se debe burlar de los demás, porque a veces las tempestades llegan de un lado y a veces de otro".

Es decir, que nunca se debe menospreciar, subestimar al otro... ¿ Y quién mejor para saberlo que El Hombre del Anillo?

CUENTOS

Como es bien conocido, Fernández durante el tiempo que prestó el servicio militar trabajó como enfermero y ayudante de obstetras, de ahí sus "Cuentos de Médicos" y la serie de obras que denominó "Los paritorios" acogida en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, y sobre la cual Juan Calzadilla expresa: "Pensaba en los colores brillantes, el amarillo y el rojo gritaban en la tabla el sufrimiento de las parturientas. Tanto como el pánico en el grito de Munch".
Aunque estos cuentos gozan de mucha popularidad entre los habitantes de la zona montañosa trujillana, a tal punto que Oscar Sambrano Urdaneta en su libroEl Arcángel ha escrito magistralmente uno titulado "La dieta" (7), los de Fernández recrean y satirizan con mucho humor la actividad de estos profesionales que ha conocido muy cercanamente.
Con agudeza y mordacidad, Fernández narra la inhumana, mecánica y despreciativa manera como los médicos tratan a sus humildes, pero ingeniosos y vengativos pacientes. Así, entre otros, el 26 de diciembre de 1976, cuenta:

"Una vez un Señor que sufría de puntadas reumáticas . y a la vez había sufrido un accidente en el cual había perdido la pierna izquierda, teniendo la necesidad de adaptarse una de caucho, llega a una Clínica y en el consultorio sorprende al encontrar al Médico colocándose en medio de las pestañas una enorme bola de cristal, pues este Señor también había sufrido un accidente en el cual había perdido un ojo.
— Buenos días, Doctor.
— Buenos dias. ¿En qué puedo servirle?
— Yo vengo aquí para que usted me recete un remedio para el reumatismo.
— Bien, usted lo que tiene que hacer es tomarse un depurativo y darse unas unciones de "coneciervo" y ponerse paños de gasolina caliente en la pierna izquierda.
— No sabe usted, Doctor, que ésta pierna es de caucho y si me pongo gasolina caliente se me quema. Esto me lo recetó usted porque no me había examinado bien ¿Verdad? Bueno así lo haré, pero usted, Señor Doctor, se busca una mandarria y se dá unos golpes en el ojo de vidrio.


Como ha podido apreciarse, la ingenua escritura de Fernández capta y recrea el imaginario e idiosincrasia de un pueblo que ha sabido levantar de sus miserias la grandeza; de ahí que su creación —tanto plástica como literaria— trascienda el oficial etiquetamiento de arte popular, pues, como dice George Sand, "encierra una bizarría que parece atroz, y que, por el contrario, es magnífica".
NOTAS:
(1) Artista ingenuo natural del estado Trujillo, Venezuela, donde ha vivido desde su nacimiento en fecha 08 de septiembre de 1922, según se desprende de su partida de nacimiento que reza así:
PARTIDA DE NACIMIENTO DE ANTONIO JOSE FERNANDEZ
N° 203. -Francisco Ygnacio Viloria, Jefe Civil del Municipio Capital del Distrito Escuque. hago constar que hoy once de agosto de mil novecientos veintitrés, me ha sido presentado un niño por el ciudadano ROMAN FERNANDEZ, vecino. casado, de treinta y seis años de edad. agricultor: y manifestó: que el niño cuya presentación hace nació en esta ciudad el OCHO DE SEPTEMBRE DEL AÑO PROXIMO PASADO a la una a.m. y que lleva por nombre ANTONIO JOSE. -Que es hijo legitimo suyo y de ANA FRANCO. vecina. casada de veintitrés años de edad y de oficios de su sexo. -Fueron testigos del presente acto los ciudadanos: Luis Baptista y Trino Moreno, vecinos de este domicilio y mayores de edad. -Se les leyó esta acta fueron conformes y no firman por no saber.
FRANCISCO Y. VILORIA A. SANCHEZ ENRRIQUEZ
Secretario
Texto documental que incluyo para aclarar la confusión que sobre su fecha de nacimiento leí en El invierno revuelto en las costillas de Fracismar Ramírez Barreto, entrevista publicada el 26 de agosto de 2000 en el suplemento “Papel Literario” del diario “El Nacional” de Caracas.
(2) Ana Avalos de Rángel, exgalerista e importante coleccionista de obras de arte.
(3) Sofía Imber, fundadora y exdirectora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.
(4) Fernández, A. J. El Hombre del Anillo. Poesía, Reflexiones, Cuentos. Imprenta Oficial del Estado Trujillo. Valera, Edo. Trujillo, Venezuela, 1977.
(5) Calzadilla, Juan. Biografía en breve de un artista verdadero. “Papel Literario” del diario “El Nacional”, Caracas, 09 de agosto de 1998.
(6) Carta sin fecha escrita por Salvador Valero a Antonio José Fernández, la cual guarda íntima relación con otra que escribe Valero al doctor Carlos Contramaeste el 19 de abril de 1965, donde le dice: “...Yo he lamentado mucho la destrucción que hizo de sus obras el joven de Escuque (Antonio José Fernández). pues él fue sordo ante mis súplicas y advertencias. Créame Doctor que a mi me preocupado eso; fue que él no tuvo valor para sobreponerse ante la torpe crítica de los que nada saben de arte (...)”. Ambas transcritas guardando la ortografía y sintaxis originales.
(7) Sambrano Urdaneta, Oscar. El Arcángel. Editorial Planeta Venezolana, S. A. Caracas, 1998. Pág. 115.
TEXTO E IMÁGENES EN -----> http://www.analitica.com/va/arte/dossier/9380711.asp




SOBRE UN ARTE LLAMADO POPULAR - Mariano Díaz


A salto de mata
                                                                     
UNA POCA NOTICIA DE GENTE QUE DICE COSAS SOBRE UN ARTE LLAMADO POPULAR
Texto y fotos Mariano Díaz

  
DICE LA CRÓNICA QUE EN 1948, el país (Caracas?), pudo conocer y apreciar las manifestaciones de nuestra cultura popular tradicional, gracias al festival folclórico que en honor a la toma de posesión del Presidente Rómulo Gallegos, organizara Juan Liscano. El entusiasmo que deja esta Fiesta de la Tradición, promueve investigaciones hacia la provincia y se descubre que en cada comunidad, entre los artesanos, "hay quienes dan a su ofício una dimensión artística". 


Son cultores espontáneos que en la lejanía rural o al margen de poblados, donde trabajan solitarios para inventarse cosas como pintar una tela, labrar un palo, figurear un barro o tallar una piedra.

“Te quedas solo con tú mismo, y tu vida es pintar y pintar, y vas amontonando cuadros hasta que el destino te manda un doctor ilustrado que se empieza a interesarse por tus cosas y te ayuda y te saca a descubrir”, afirmaba categórico Esteban Mendoza.

Esteban Mendoza - “pintar y pintar hasta dar con un doctor ilustrado”

DOCTORES ILUSTRADOS, por este decir, fueron Alirio Oramas, Luis Rawlinson y Mario Abreu del Taller Libre de Arte, que dieron a conocer en 1949 la obra de Feliciano Carvallo, recibida con elogios:  A la cabeza de los descubrimientos estará el mulato de Naiguatá Feliciano Carvallo... Pocos casos habrá de éxito tan fulminante y completo como el del pintor ingenuo Feliciano Carvallo... Desde 1948, con la aparición de Feliciano Carvallo, el primero de los ingenuos, arranca la historia de la pintura ingenua en Venezuela... Los jóvenes artistas nos libramos del academicismo, ampliamos nuestros criterios y nuestra sensibilidad y eso nos permitió sentir y entender la belleza de ese otro tipo de pintura ante el cual habíamos permanecido ciegos. palabra de santo.

DOCTORES ILUSTRADOS, para la plástica popular, han sido otros adelantados como Carlos Contramaestre, Juan Calzadilla, Francisco Da Antonio, Alfredo Armas Alfonzo, Raúl Nass, Rafael Pineda, José Antonio Rial, Oswaldo Vigas, Willy Aranguren, Enrique Hernández de Jesús y Perán Erminy, quienes vinieron. revelando, apoyando, impulsando y defendiendo el valor de los primeros artistas populares, desde hace más de 50 años bandeados entre la terminología de naives, espontáneos, naturales, inocentes, primitivos, ingenuos o del común. Gracias a ellos, comienzan a circular las obras de A.J.F. El Hombre del Anillo, Salvador Valero, Isabel Rivas, Federico Sandoval, Víctor Millán, Esteban Mendoza, Carmen Millán, Andrés Álvarez y Bárbaro Rivas el hallazgo insólito, puesto que no se dará otro caso como el del ingenuo de Petare, indiscutiblemente uno de los artistas más notables que ha dado Venezuela.

LA IMAGINERÍA APARECE DE LA MANO de Carlos Contramaestre (1934-1996). Gracias a su gran sensibilidad para encontrar y revelar talentos artísticos en campesinos y ciudadanos al margen. A él, a Flor Romero y a Antonio Luis Cárdenas, se debe el estudio y difusión de muchos cultores como Salvador Valero, El Hombre del Anillo, Emerio Darío Lunar, Rafael Vargas, Josefa Sulbarán, Eloísa Torres o Juan Ali Méndez.

Antonio José Fernández, "El Hombre del Anillo" 
     primer imaginero oficializado                       


                      Emerio Dario Lunar - "Primero fueron las letras y después la pintura"                              

 En 1965 bajo El Techo de la Ballena, se dan a conocer los trabajos de A.J.F. Antonio José Fernández, un vendedor de verduras en el mercado de Trujillo, conocido por lo huraño y malhumorado, que carga en su mano derecha un gran anillo de piedra. Artista solitario, creador de Los tormentos del ensueño, que lo revelan como escultor ingenuo, con un variado universo de imágenes de madera, yeso, piedra y cemento, entre sus muchas pinturas en telas y tablas. El bautizamiento de la obra de AJF, marca la « aparición» de la imaginería en la plástica popular.
Años más tarde, encontramos a José Belandria en Mérida, trabajando finamente la talla en sus horas de vigilante nocturno, “inventándome hacer maromeros, adanes con evas, Simones Bolívar y muñecas para entretenerme el sueño”; a José Márquez en Tovar, a quien se le llena la casa con pájaros de madera,”por una hernia que no me dejó seguir de albañil, fue que me salió la idea hacer una garza como las que había tanto mirado por Canaguá y así me entusiasmé y seguí”.
    
 José Belandria, toda una vida tallando finura  

José Marquez, garzas y pájaros en vuelo por toda la casa

En El Rincón de la Laguna, Juan Alí Méndez se las inventa para tallar a Simón Bolívar “que ha sido lo más arrecho que nació de Venezuela y Cristos que si no te los bendice el padre yo mismo te los bendizco”. En La Enriquera de Guanare, Chemaría Rodríguez en el corredor de su casa y protegidos por rejas y alambres de púa amontona ángeles, pájaros, cruces, héroes anónimos, hace “cosas que una inventa, que significan misterio, y que yo escarbo en pedazos de leña, con estroponomía, como al Libertador, que fundó a la Virgen del Coromoto”. Lucio Apure, en un rinconcito de la bloquera Batista de Boconó, labra tallas de notable corte colonial, “curando con oraciones las maderas que trajeron aquí los alemanes cuando la otra guerra, y que he recogido de las casas que se han caído; maderas que tienen vida de espíritu, porque fueron de casas habitadas sin exageraciones y sin burguesía”.

DE LA IMAGINERÍA DEL BARRO también surgen cultores. En Escuque la Niña Eloísa Torres, ceramista de pequeño formato, recrea santidades y escenas campesinas y a falta de hijos propios, “…adopté al Niño Jesús de Escuque con el que cuando lo hago con mi barrito, hablo muchas familiaridades.”

 Eloisa Torres, Un niño adoptivo moldeado en cerámica

Edicta La Cruz, una de las muditas de La Mucuy Baja de Mérida, modela cuadros e imágenes de nacimientos, a José Gregorio y a Bolívar quemados al calor de fogón y entre la brasa,” hasta que la buena de Dios la apaga”.

Mérida arriba, Clemente Uzcátegui en la Mesa del Tanque, dueño de los secretos de la arcilla que “me vinieron por familia y los regué a quien los quiso, ya para descansar de tanto hacer loza, me comencé a figurear animalitos, músicos, matrimonios y nacimientos que montaba sobre un plato”. 

Mas allacito, en Aguas Calientes, Natividad Niño entre loza y loza, modela al Libertador, a Florentino con el Diablo, crucifijos, vírgenes, santas y muñecas diversas “que las hago sólo de la mente mía y propia, porque si se hacen de copiado una pierde su fama, y fama es lo que te da cariño por el oficio”.

LA HERENCIA TRANSMITIDA tiene su principal referencia en la familia Ferrer de Borojó, en Falcón, dinastía de tallistas excepcionales que fundaron Abraham y Concilio Ferrer, tras dejar sus oficios de albañiles, zapateros de componer, músicos y magos de feria.

Abraham Ferrer, la herencia transmitida

“Aquello no nos resultó porque decían que teníamos pacto con diablos y espíritus malos. Como nos gustaban los tallados de los altares coloniales, comenzamos a aplicarnos a hacer espejos, mesitas, atriles y figuras. La armonía de las formas y la vibrante policromía de sus pájaros, mariposas, ángeles, libertadores y muñecas, relumbran en la aridez del paisaje. Para meterle el color a la madera, nos pusimos primero a darle un fondo de blanco y barniz antes de colocarle los colores vivos”.  Víctor, Mercedes, Aura, Minerva, Isaac y Salvadora formaron las ramas de la sucesión, que se va transmitiendo a hijos y nietos.

Otro tanto ha hecho José Ramón Zambrano en La Grita, enseñando el oficio a sus tres hijas, donde todos cuatro hacemos personajes diferentes usando desde el cedro hasta el anime.

Por la Quebrada Grande de Guadalupe en Lara, el viejo Francisco Torres inicio con su saber de imaginero a los primeros tallistas de Quibor, cuando estos hijos bonillas, lobatones, arangúrenes y otros, se dieron de cuentas que era mejor sacar muñecos de los palos de vera, antes que cucharas, bastones y bolas criollas. 

De Ramón Antonio Moreno, el padre, heredó Orangel Moreno el oficio de la talla. Una foto del año 84 lo muestra en su taller de La Mucuy Baja en Mérida, junto a Ana Josefa la esposa, y a los hijos Zoraida, Nelson Antonio, Jhonny, Carlos Alberto y José Gregorio. “A ellos les enseñé el oficio y cada quien hace lo suyo, distinto a los demás. Trabajan sólo en las vacaciones, porque primero está el estudio para que logren ser profesionales”. Y lo lograron. “Orangel y Ana Josefa siguieron tallando y los muchachos vienen y de vez en cuando, toman maderitas y hacen su arte para no perder la mano”.

Del padre carpintero y de la madre María Ismenia, talladora de anime, Tadeo, Mariano, Laureano, Patrocinio, Francisco, Blanca y Carlos Rangel sintieron el llamado de la madera.” Tadeo fue el primero que enseñé y luego él siguió con los otros”.

Mariano Rangel fundador de una dinastía de buenos talladores

Actualmente, Mariano Rangel tiene un taller en la Mucuy Baja de Mérida, donde laboran 14 talladores, todos de su familia. Son libres de tallar lo que quieran, siempre que no se copien del otro. 

En la pintura se dio el caso de Andrés Antonio Álvarez, compañero de inicios con Feliciano y Víctor Millán, que logró fundar un grupo familiar de característica homogénea donde destacan su esposa Juanita, Irma la hija, Rafael Bustamante y Gerardo Avendaño.

CONTRA LA IDEA DE LA ORIGINALIDAD, otros artistas han surgido recreando y remozando el estilo de sus antecesores. Por Cabimas, el arte de Rafael Vargas resucitó en los cuadros de Emilia y en las aves de Rafael Navarro, sus hijos, "porque cuando papá murió, todos venían a buscar pájaros y cuadros y comenzamos a hacerlos igual a como él, porque papá nos hizo así aprenderlo". 

La inconfundible elegancia de las tallas de José Belandria encontró seguimiento en su hijo Heriberto, quien en su taller de Los Llanitos de Tabay, ha logrado emular el estilo del padre, mientras su esposa Luz Marina, decora las piezas con el colorido sin par de los insustituibles creyones.

En La Blanquera de Sabana de Parra en Yaracuy, María Yolanda Medina, que comenzara a tallar entusiasmada por los trabajos de los Ferrer de Borojó, ha formado un grupo familiar donde todos trabajan remedando las formas y rasgos de las piezas de ella, “porque admiramos mucho los trabajos de maíta y porque todo el mundo busca las piezas ella y no se da abasto con los encargos”.

 María Yolanda Medina, toda una familia siguiendo su huella

La Dualidad PINTOR-IMAGINERO también está presente con características muy propias; el artista conserva en la talla rasgos similares a los de su pintura, llevando a una tercera dimensión los personajes de sus cuadros. 

Han destacado Malú Fuenmayor en Maracaibo, Francisco Luna y María Antonia Urbina en La Grita; Antonia Azuaje en Caracas, Felicinda Salazar en Maracay y en Valencia, Antonio Ramón Pinto y Aracelis de Mariño que, junto a sus coloridas escenas talladas en tablones, logra expresivas piezas individuales. Miguel Ángel Parada, Luis Barón y Amelia de Carrero en Bailadores; Navor Terán en Trujillo, que con la misma pasta de cola y aserrín de sus cuadros en relieve, modela esculturas. Blanco Aparicio en Cabimas, traslada sus personajes del lienzo a tallas sobre juguetes con movimiento.

 Navor Terán, obras en relieve con regaños en versos

LA PALABRA TAMBIÉN VA CON LA OBRA del artista popular. Para algunos de ellos, la escritura es complemento de su trabajo. Antonia Azuaje redacta historias que pega o escribe en el reverso de las telas, Carmen Sánchez en Caracas, escribió sentidos versos de amor a sus pinturas de enamorados, Emiliana de Nadal en Villa de Cura, le escribía una oración a cada santo que tallaba, y Navor Terán de Trujillo, no contento con los nombres demoledores de sus obras, por extensión critica ácidamente a la sociedad, en largos poemas rimados que no duda en leérselos a quien se le ponga por delante. Elsa Morales, autora además de varios libros de versos, pudo mostrar en dos exposiciones sus poemas ilustrados.

  Elsa Morales, poesía pintada y pintura poética 

Antonia Azuaje, escribir con humor la historia pintada  

POR LA PALABRA ESCRITA de Salvador Valero rescatada por Carlos Contramaestre, sabemos del rico mundo de sus Reminiscencias de vida, cuentos, leyendas, poemas y ensayos. Por Alberto Arvelo y el Grupo Cinco conocimos de primero la obra y los testimonios de religiosidad, fantasía y buen humor de Juan Félix Sánchez. La devoción de Josefa Zambrano rescató del deterioro y el olvido los papeles de reflexiones, poesías y cuentos, pegados en las paredes o regados por los rincones de la casa del Hombre del Anillo. Por Juan Calzadilla conocemos el pensamiento de Emerio Darío Lunar.

 De Grone  Romepri, el nuevo pintor de El Tocuyo, tenemos los originales de su Cuadresma  autobiográfica diario de vida, logros y decepciones, y de la multifacética Rafaela Baroni su Muchos años entre las espinas hasta que las rosas florecieron, que suscribe como fascinante historia de mi vida, muy auténtica, pero destacada siempre a la voluntad del Señor...

INVESTIGADORES de profesión y oficio, no toman en cuenta la oralidad de los cultores. Les basta con sus parámetros y conceptos, desaprovechando un material valioso complementario de la obra.
¿Cómo seria de maravilloso el universo hablado de Bárbaro Rivas?... 

Con cuatro frases atribuidas al pintor, han dado por investigada su religiosidad 

¿Acaso no era importante conocer de su palabra ese mundo que él vivía y visualizaba para volcarlo luego en su pintura ?... 

¿Alguien se preocupó por saber de boca del pintor que qué hace Fray José en plena calle desierta con un catre al hombro?... 

Qué delicia no sería leer una historia sagrada relatada por Bárbaro Rivas a través del centenar de cuadros bíblicos que pintó

Hay omisiones que no tienen justificación.

Manases, los rostros como constante de recia pintura

EN ESTOS SALTOS DE MATA por los años ochenta, otros nombres y testimonios importantes quedan en espera con sus decires y quehaceres. Entre ellos están individualidades y grupos de importantes cultores en Caracas, Aragua, Carabobo, Yaracuy, Lara, Zulia, Boconó y La Grita, sobre los que volveremos.

 A más de medio siglo del "nacimiento" del arte popular en Venezuela, es bien dejar constancia del decir de uno de sus principales parteros, Mario Abreu :




 “No he tenido que hacer investigaciones para conocer la cultura popular y las creencias populares, porque ese es el mundo de mi propia infancia y de mi formación.
 Lo que deseo es que la gente reencuentre en mis obras lo que dentro de ellos mismos habían extraviado o no podían entender. Que se encuentren a sí mismos.”



El Junko, Junio  2007